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11 de septiembre de 2015

Estudios sobre la soja transgénica y sus efectos en la salud.


Hechos: Los estrógenos de la soja transgénica de Monsanto o RoundUp Ready causan profundos efectos perjudiciales sobre el feto en desarrollo.
La exposición a productos químicos estrogénicos en el útero o durante la infancia afecta gravemente la fertilidad de la mujer, y fue probado previamente que produce un aumento en las tasas de cáncer de mama y tumores cerebrales. Investigaciones anteriores hallaron que el compuesto genisteína de la soja transgénica e incluso orgánica, afecta la motilidad espermática. Incluso pequeñas dosis del compuesto en el tracto femenino destruyen los espermatozoides y disminuyen la capacidad para concebir. Por supuesto, su efecto dañino se multiplica cuando la soja es OGM.
Alimentar a su bebé con alimentos que contienen fórmulas con soja equivale a darle un valor estimado de cuatro a cinco píldoras anticonceptivas de estrógeno cada día. Los alimentos infantiles de soja contienen niveles peligrosos de aluminio y manganeso, los cuales producen menor IQ.

En estudios de laboratorio, investigadores encontraron que las causas de infertilidad incluyen: Fallo a ovular, reducción de capacidad de oviducto para apoyar el desarrollo del embrión antes de la ovulación, e incapacidad del útero para apoyar la efectiva implantación de embriones en fase de blastocisto. Según noticias médicas actuales: “El equipo informa que la exposición neonatal a la genisteína cambia el nivel de respuesta inmune en el oviducto, conocida como respuesta inmune de la mucosa. Algunos de los genes de respuesta inmune fueron alterados desde el inicio del tratamiento, mientras otros se modificaron mucho más tarde durante el comienzo del embarazo. Juntos, esos cambios llevaron a la alteración nociva de respuestas inmunes y comprometieron el apoyo de oviducto para el desarrollo del embrión preimplantacional, lo cual produce infertilidad”.

Dado que el desarrollo humano del tracto reproductivo continúa durante la pubertad, los investigadores creen que la exposición estrogénica química afecta a las mujeres, al feto, bebé, niño y adolescente, produciendo infertilidad. Los autores sugieren abandonar la soja para mantener la salud reproductiva femenina.

24 de agosto de 2015

La soja transgénica integra la fórmula de casi 750 productos alimenticios que se venden en los súper

Experimento Eugenésico:



El 90 por ciento de los productos corresponde a la producción nacional
La soja transgénica integra la fórmula de casi 750 productos alimenticios que se venden en los súper


Del caramelo al paté y la salchicha: son los productos alimenticios que contienen algún ingrediente derivado de la soja transgénica, ya suman 745 y abarrotan las góndolas de los supermercados de la Argentina. La inclusión tan elevada de componentes de soja también deja ver que otras materias han quedado directamente descartadas de muchas recetas. Esta decisión responde a una cuestión de menores costos para los fabricantes antes que a mejoras en la calidad nutritiva de lo que producen. 

Esto rompe con el mito de que la soja transgénica, se vende y utiliza sólo fronteras hacia afuera, ya que la procedencia de los artículos, prácticamente el 90 por ciento corresponde a producción nacional. DIARIO JUNIO accedió a la investigación del periodista Patricio Eleisegui.
Por: Patricio Eleisegui


Artículos y marcas se multiplican en las góndolas de todos los puntos de venta del país. Los derivados de la oleaginosa incluso se acumulan en productos impensados. Un relevamiento rompe con el mito de que el poroto manipulado genéticamente, y cultivado a base de químicos, se vende y utiliza sólo fronteras hacia afuera.

Bocaditos de pollo Granja Azul. Chocolate Nesquik. Papas fritas Pringles. Café instantáneo Cabrales. Bizcochuelo Godet de Arcor. Margarina Dánica Dorada. Mortadela Calchaquí. Salchichas Paladini. Paté Swift. Leche entera La Serenísima. Turrón de maní Arcor. Caramelos Sugus. Alfajor Terrabusi. Bon o Bon de Arcor. Sardinas Nereida. Puré de tomate La Costeña. Caramelos Palito de la Selva. Kani Kama. Vidacol de La Serenísima. Galletitas Salvado Bagley.

La lista, de intentar establecerse algún tipo de nómina, asoma interminable.

Los productos alimenticios que contienen algún ingrediente derivado de la soja transgénica ya suman 745 y abarrotan las góndolas de todos los supermercados de la Argentina.

El dato fue aportado a este autor por Ana Clara Martino, ingeniera agrónoma, profesora de las licenciaturas en Nutrición y Bromatología de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Concepción del Uruguay, y coordinadora de una medición que confirmó cómo la oleaginosa está presente en la dieta local a través de cientos de productos insospechados.

Martino mostró los resultados de una experiencia que ya había realizado en 2008, aunque ahora con estadísticas recabadas en comercios de Rosario durante junio de 2014, en un seminario que la Asociación de la Cadena de la Soja Argentina (ACSOJA) realizó a mediados este año en las instalaciones de la Bolsa de Comercio de la ciudad santafesina.

Tras dar con los aspectos más salientes de su disertación, este autor contactó a la especialista quien en primer lugar corrigió lo publicado por el suplemento rural de Clarín a principios de julio –bajo el título “Hay casi 200 productos de soja o sus derivados en los supermercados”–, para luego especificar lo anticipado: que los artículos suman 745, además de destacar que la lecitina fue el ingrediente más detectado en el relevamiento.

“Hay que aclarar que hay productos que contienen más de un ingrediente derivado de la soja. Se relevaron 745 productos pero hay más”, aseguró Martino a quien aquí escribe. Por caso, Molinos Río de la Plata, dueña de etiquetas como Lucchetti, Matarazzo, Gallo, Vitina, Granja del Sol, o Exquisita, consultado su centro de atención al consumidor, no tiene reparos en reconocer que utiliza proteína de soja modificada genéticamente.

Para dar una idea de cómo la oleaginosa gana cada vez más presencia en las fórmulas alimenticias que se comercializan en el país, la experta apeló a un ejemplo: “En el 2008 la lecitina representaba el 70,82 por ciento del total de los ingredientes relevados. En el 2014 alcanzó el 80 por ciento, por lo cual (en seis años) se dio una variación porcentual positiva del 12,96 por ciento”.

En otras palabras, el componente forma parte de un abanico de artículos que se amplió a paso firme. Martino destacó la presencia de la tecnología de modificación genética en tanto “prácticamente toda la soja que se cultiva en la Argentina es transgénica excepto el cultivo orgánico, que es poquísimo y generalmente se exporta”.

La oleaginosa integrada a los productos monitoreados, dada su condición de funcionar en sintonía con los agroquímicos, surge de un sistema de cultivo basado en el riego permanente con plaguicidas de comprobada peligrosidad.

Las cifras son contundentes: de acuerdo a estadísticas del sector, divulgadas por los mismos fabricantes de pesticidas, sólo en el 2013 el cultivo de soja demandó una aplicación anual de 77,9 millones de litros de glifosato, la pulverización con más de 4,9 millones de litros de otros herbicidas, la aplicación de 10,8 millones de litros de insecticidas, y el vertido de 2,5 millones de litros de fungicidas.

El resultado del grano que fue tratado con una lluvia de químicos –algunos, como el 2,4-D o el picloram, más conocido por su marca comercial Tordon, derivados de la industria bélica– es eso mismo que hoy se acumula en las alacenas y heladeras de todos los hogares de la Argentina.

Si bien Martino se excusó de divulgar el listado de productos relevados, lo cierto es que confirmó que las imágenes que siguen a continuación –incluidas en la presentación de la ingeniera agrónoma en ACSOJA– “corresponden a productos que contienen derivados de la soja”.

Galletitas Pepitos, Cerealitas y Variedad, leche entera en polvo La Serenísima, chocolate Cofler, Bon o Bon, caramelos de dulce de leche Arcor, alfajor Terrabusi y golosinas varias, con transgénesis en sus fórmulas.

En cuanto a la procedencia de los artículos, prácticamente el 90 por ciento corresponde a producción nacional. Por ende, la participación de la soja que se genera en el campo local en la elaboración de alimentos resulta indiscutible.

“El ingrediente más frecuente fue la lecitina de soja que se halló en 286 productos (38,38%). Si se suman las categorías leche en polvo y cacao que contienen lecitina, ya que se trata del único emulsionante permitido en estos productos, el número asciende a 596 (80%)”, reparó la presentación de Martino en ACSOJA.

“El aceite vegetal se encontró en 191 productos (25,60%). En este trabajo se asume que el aceite vegetal y el aceite vegetal hidrogenado son aceite de soja o tienen aceite de soja debido a su gran difusión y menor costo que otras oleaginosas cuando se trata de productos Industria Argentina”, destaca el documento de la experta.

Sin embargo, apenas 12 artículos explicitan en sus etiquetas la inclusión de aceite de soja. Representan el 1,61 por ciento de la muestra.

“En el caso del aceite vegetal hidrogenado se encontraron 103 productos (13,86%). Si se suman las margarinas y las cremas no lácteas totalizan 130 productos (17,44%)”, afirma el trabajo de Martino.

“Se encontró proteína vegetal o harina de soja o concentrado o aislado o texturizado en 78 productos que representan el 10,46% del total”, sigue la presentación de la experta.

A modo de ejemplos hay que mencionar los bocaditos de pollo Granja del Sol, los Giacomo Capelettini, el bizcochuelo Godet, las hamburguesas y el paté Swift, las salchichas Paladini, la mortadela Calchaquí o las comidas instantáneas Maruchan.

“En el caso de los productos con fitoesteroles o fitoestanoles se relevaron 5 (0,67%)”, expuso Martino en ACSOJA 2015. Entre los artículos: Vidacol de La Serenísima, margarina Dánica y galletitas Salvado Bagley.

La especialista indicó, además, cómo se expandió la utilización de soja transgénica o sus derivados en las fórmulas de los alimenticios relevados. La inclusión tan elevada de componentes de soja también deja ver que otras materias han quedado directamente descartadas de muchas recetas.

Esta decisión responde a una cuestión de menores costos para los fabricantes antes que a mejoras en la calidad nutritiva de lo que producen.

En el 80 por ciento de los artículos alcanzados por el muestreo se constató el uso de lecitina, mientras que en más del 25,5 por ciento se ubicó aceite vegetal derivado de la oleaginosa.

Un comparativo entre el sondeo de 2008 y el más reciente del 2014 pone en claro qué porcentaje de la muestra dio positivo en lo referente a inclusión de porotos de soja, proteína hidrolizada basada en el mismo componente, o fitoesteroles también extraídos del mismo cultivo.

Respecto de cómo se hizo el estudio, Martino sostuvo ante este autor que “la medición se realizó con 45 encuestadores en un solo día, y en un lapso aproximado de 3 horas. Los encuestadores volcaron en planillas los ingredientes que derivaban de la soja”.

A modo de particularidad, la especialista señaló que el resultado de la muestra de seguro sería más amplio si se notificaran todos los derivados de la soja que algunas normativas vigentes permiten mantener ocultos.

“No todos los productos declaran pero eso no significa que no estén en regla. Hay derivados que no es necesario declarar”, dijo, y para ilustrar sus palabras mencionó el artículo 235 séptimo del Código Alimentario Argentina (CAA).

¿Qué dice el marco? “Artículo 235 séptimo: 1 – Los alérgenos y sustancias capaces de producir reacciones adversas en individuos susceptibles indicados en el presente deberán ser declarados a continuación de la lista de ingredientes del rótulo siempre que ellos o derivados de ellos estén presentes en los productos alimenticios envasados, ya sean añadidos como ingredientes o como parte de otros ingredientes…”.

Para especificar en el apartado 1.6: “Soja, y productos derivados (excepto: a- aceite y grasa de semilla de soja totalmente refinados; b- tocoferoles naturales mezclados (INS 306), d-alfa tocoferol natural, acetato de d-alfa tocoferol natural y succinato de d-alfa tocoferol natural derivados de la soja; c- fitosteroles y ésteres de fitosterol derivados de aceites vegetales de soja; d- ésteres de fitostanol derivados de fitosteroles de aceite de semilla de soja)”.

En concreto, los casi 750 artículos de supermercado que contienen soja transgénica –o derivados directos del poroto manipulado genéticamente y cultivado sólo a base de compuestos químicos de variada toxicidad– se multiplicarían a niveles impensados de fijarse algún tipo de regulación que erradique las excepciones del inciso antes mencionado.

Mientras tanto, el discurso corporativo que muestra a la modificación genética como una tecnología que únicamente se exporta gana vigor incluso en sectores que critican de forma acérrima el modelo de producción agropecuaria vigente en la Argentina.

Muy por el contrario, sus resultados saturan góndolas y llenan heladeras. Surten los kioscos y endulzan los cumpleaños de los más chicos. Celebran la Semana de la Dulzura y despejan el sueño en los desayunos. Están en cada Pascua y en la dieta de los que se esfuerzan por mantener una vida sana.

Porque sí: la soja transgénica está en todos lados.

La pregunta es, en tanto consumidores que completan el último tramo del circuito productivo, qué haremos nosotros al respecto.

FUENTE: http://www.diariojunio.com.ar/noticia.php?noticia=70318

25 de junio de 2015

Neocolonialismo y hambre, los agronegocios de la Soja Transgénica Salta Argentina by Sonia Alvarez Leguizamón

Publicado en Víctor Arancibia y Alejandra Cebrelli 2012 “Luchas y transformaciones sociales en Salta” Salta: Centro Promocional de Investigaciones en Historia y Antropología - CEPIHA, Facultad de Humanidades, UNSA, 300 p. ; 21x17 cm. ISBN 978-987-1602-04-9, ps 15 a 95. Foto de Tapa: Rodrigo Castro. *La publicación no ha incluido los epígrafes ni la mayoría de las imágenes por cuestiones de espacio.*Neocolonialismo y hambre, los agronegocios de la Soja Transgénica Salta Argentina



14 de julio de 2012

La Transgenidad al Palo: cómo opera el negociado de la soja transgénica

Un recorrido sobre la realidad, a nivel nacional, del negocio de la soja transgénica. Los datos fueron aportados por el Dr. Medardo Ávila Vázquez.



¿De qué se habla cuando se habla de soja transgénica? Empecemos por el inicio, su amanecer noventista.

Su entrada por la Argentina comenzó en el año 1996, después que el Gobierno de Carlos Menem (Presidencia de la nación) y Felipe Sola (Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca) aprobaran su incorporación, sin estudios de impacto ambiental y sobre la base de estudios de bioseguridad generados por la misma empresa Monsanto.

No es nada casual. Monsanto sacó provecho las políticas neoliberales de los años noventa, bajo el lema de la desregulación estatal y el libre mercado, para salvarse de las trabas, que el propio Estado debió afrontar, para su entrada. Esto ocurrió tanto en Argentina como en Estados Unidos.

La soja transgénica se caracteriza por la implantación de un gen en su etapa de semilla. Al crecer como planta, sus células tienden a la capacidad de sintetizar proteínas, utilizando una vía metabólica diferente a las de todas las células vegetales, inalterable frente a la fumigación de glifosato, caso contrario a todas las demás plantas que hay a su alrededor.

El glifosato es un herbicida que mata todas las plantas al bloquear su metabolismo de aminoácidos aromáticos, pero no a las transgénicas que tiene el “rasgo RR”. Es decir, que son resistente al Round Up (nombre comercial de glifosato), patente original de Monsanto.

El proceso de plantación:

El cultivo de soja es un cultivo de verano: la implantación o siembra comienza en noviembre y se puede extender hasta fines de diciembre o principio de enero en soja de segunda (cuando en el mismo lote se cultivo trigo durante el invierno).

Antes de sembrar, entre septiembre y noviembre, entre el fin de la cosecha anterior y la siembra, se está en el periodo de barbecho, en donde la soja transgénica se convierte en “barbecho químico”. Es la etapa en que se trata de impedir que no crezca ninguna planta en el lote para no desgastar a la tierra y que no se invada de “malezas” que compitan con la soja por la disposición de luz, agua y nutrientes de la tierra. Se aplica, sobretodo en primavera cuando empieza a hacer más calor, herbicidas como glifosato, 2.4D, Dicamba y metsulfuron. El INTA está recomendando aplicaciones con tres litros de glifosato por hectárea y 600 militros de 2.4D, para sostener la tierra limpia de “yuyos”.



Foto de un campo en la etapa del “barbecho químico”.

Una vez realizada la siembra en noviembre, se continúa aplicando exclusivamente glifosato periódicamente según el clima: si hay mucha humedad y calor y prosperan las “malezas”, estas fumigaciones son más intensas.

A medida que aparecen o creen que pueden aparecer orugas, arañuelas o picudos. Entonces, al glifosato se le agrega insecticidas como clorpirifós, metamidofos, endosulfán, abamectina, dimetoato o deltametrina (ver: http://www.reduas.fcm.unc.edu.ar/en-estos-momentos-se-usan-agroquimicos-muy-cuestionados-por-su-toxicidad/).

En febrero, cuando las plantas de soja están bastantes grandes es también una época de intensa fumigación, ya que estas están floreciendo y formando los porotos y cualquier “ataque” podría disminuir el tamaño de los mismos. Los pueblos fumigados conocen que en esta época son particularmente fumigados con mezclas de herbicidas e insecticidas. No es casual que las dos denuncias realizadas en barrio Ituzaingó se realizaron el 1ro. y el 11 de febrero.

Luego en marzo ya llega el momento de la cosecha, también se aplica agrotóxicos en forma preventiva antes de cosechar para protegerlos en el acopio o el silo bolsa. En síntesis, 100 hectáreas de soja requieren 14 días de trabajo de un operario, 3 o 4 días de fumigaciones en “barbecho químico”, 1 día de siembra, 8 a 10 días más para nuevas aplicaciones de venenos mientras progresa el cultivo, y 1 día de cosecha.

Los datos son recopilados por encuestas a productores, bajo el mando de la Universidad Nacional de Río Cuarto y por testimonios de pacientes de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados.

Más soja, más Rand Up:

En nuestro país, la soja cubre 19 millones de hectáreas. Equivale al 6,5% del territorio nacional. Se extiende por 11 provincias.



Izq.: mapa nacional de la distribución de la soja (2007). Der.: mapa nacional de la distribución de glifosato en cultivos de soja, trigo, girasol y maíz (los colores más oscuros son los de mayor concentración) (2007). Ambos mapas se asemejan. Fuente: Ministerio de Agricultura.

Es cultivada por 80.000 productores, de ellos la cuarta parte ellos (20.000) producen el 70% con Sociedades Anónimas y pooles de siembra que utilizan de 20.000 a 300.000 ha de campos, (el total de productores rurales se calcula en 300.000 para toda la Argentina).

El rendimiento promedio varia año a año, entre 2,5 a 3,5 toneladas/ha (25 a 35 quintales por ha). Su precio internacional también varía entre 350 a 600 dólares la tonelada. Las 400 ha que rodean a Barrio Ituzaingo generan una valor de cosecha de 800.000 a 1.200.000 pesos. Esta semana, la noticia financiera más trascendental fue el récord del precio de la soja a 614 dólares en la bolsa de Chicago, producto de la sequía que se vive en el suelo norteamericano.

Los problemas de este cultivo es que cada año requiere cantidades mayores de agrotóxicos para sostener la productividad. Cuando comenzó en 1996 consumía tres litros de Round Up por hectárea, ahora requiere de 8 a 12 litros/ha en el mismo lote. La misma evolución muestran los insecticidas: se necesitan más dosis y más potencias para librarlos de las plagas que son tan frecuentes en estos monocultivos de extensión importante.



Hoy en día, nuestro país exporta soja. El modelo de enriquecimiento que genera la misma es mantenida mediante el insiste uso de agrotóxicos de este tipo. Con la soja a 614 dólares, no nos sorprendería que el intento de instalar un laboratorio de Monsanto en la localidad de Malvinas Argentinas sea algo irregular. De hecho, estaría para ser declarado ciudadano ilustre del país.

La transgenidad al palo.



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http://www.juicioalafumigacion.com.ar/la-transgenidad-al-palo/

7 de julio de 2012

“La soja transgénica lleva al hambre”

11.03.2012 | Entrevista a Marie-Monique Robin

Reconocida por sus investigaciones sobre el accionar de las multinacionales agrícolas, la periodista francesa asegura que “si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es a causa de este modelo”. Está convencida de que el glifosato terminará prohibido. “¿Pero después de cuántos muertos y cuánta contaminación?”, se pregunta la autora de El mundo según Monsanto. Además, por qué denunció al director de Clarín Rural.
Por:
Manuel Alfieri



Marie-Monique Robin (51) es autora de numerosas investigaciones. Quizás, la más famosa de ellas sea El mundo según Monsanto, publicada en 2008 como libro y documental cinematográfico, traducida a 16 idiomas y difundida hasta en las regiones más recónditas de África. En ese trabajo, la periodista francesa reveló los entretelones del agronegocio y denunció a la corporación Monsanto, líder del mercado mundial de semillas transgénicas y agroquímicos, por ocultar y falsificar información relativa a los productos que comercializa. Robin dedicó un capítulo entero al caso de la Argentina, lo que la llevó a conocer diferentes provincias inundadas por el “oro verde” y constantemente fumigadas.

“Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria”, aseguró la autora, que recientemente publicó una nueva investigación sobre esta problemática: El veneno nuestro de cada día, donde se ocupa de los químicos que contaminan la cadena alimentaria. Durante la entrevista telefónica que mantuvo con Tiempo Argentino, Robin adelantó que en abril próximo se espera que el libro llegue a nuestro país.

–¿Cuándo y cómo comenzó su interés por este tema?

–Llevo más de 25 años trabajando como periodista, con un interés particular por la cuestión agrícola, porque mis padres son agricultores en Francia. Así fue que comencé a hacer un trabajo de investigación sobre la pérdida de biodiversidad en el mundo. Cuando fui a México me encontré con un escándalo tremendo: multinacionales que consiguen patentes de semillas. Dentro de esas empresas estaba Monsanto, que en aquella época ya tenía más de 600 patentes en plantas. Allí empecé a investigar a Monsanto y a ver el tema de las patentes, que para mí es central. La única razón por la que Monsanto hace transgénicos es porque hay patentes, y eso permite que pida regalías y tenga un monopolio del sistema. Controla toda la cadena alimentaria a través de este sistema, obligando a los agricultores a comprar cada año sus semillas.

–En El mundo según Monsanto usted denunció el accionar de una de las empresas más poderosas del mundo. ¿Recibió presiones o amenazas?

–Esa era mi preocupación. Pero pasó una cosa que para mí fue una protección tremenda: el increíble impacto del material publicado. Si no me pasó nada es porque todo está justificado con entrevistas y con documentos. Yo estaba en Canadá cuando salió el documental y una de las periodistas que me entrevistó me dijo que su mejor amiga era la directora de comunicación de Monsanto Canadá. “La empresa buscó en cada página cómo te podía hacer un juicio y no encontró nada”, me confesó. Por eso yo digo abiertamente que Monsanto es una empresa criminal.

–¿Cuáles son los principales argumentos para sostener su denuncia?

–Cuando una empresa sabe que un producto es muy tóxico, es decir, que va a contaminar el medio ambiente o va a enfermar a la gente, y de todas formas hace lo posible para mantenerlo en el mercado, entonces se trata de un comportamiento criminal. Por ejemplo, en el tema del Policloruro de Bifenilo (PCB), prohibido en casi todo el mundo, Monsanto acumuló las pruebas y las escondió, sabiendo cuán altamente tóxicos eran los PCB. Por eso fueron condenados a pagar 700 millones de dólares de multa en los Estados Unidos (N. del R.: Fue por la tragedia de Anniston, en 2002, cuando la justicia comprobó que de 3516 demandantes de ese pueblo, el 15% presentaba niveles superiores a 20ppm de PCB en sangre, cuando lo aceptable es de 2ppm).

–Este tema forma parte también de su nuevo libro, Nuestro veneno de cada día.

–Claro. Allí cuento la historia de campesinos que se reunieron para hacer una asociación de más de 200 miembros. Muchos tienen enfermedades como Parkinson y cáncer. Son campesinos que manipulan tóxicos a diario. El presidente de esta asociación manipuló Lasso, un herbicida para el maíz de Monsanto, prohibido en la Unión Europea, y esto le provocó una intoxicación aguda. Cayó en coma y, después de recuperarse, se enfermó de Parkinson. La enfermedad se desarrolló muy rápidamente, el hombre sólo tiene 48 años. Fue a juicio y ganó. Monsanto fue reconocido como culpable de la enfermedad y se pudo demostrar que la empresa disimuló estudios y datos sobre el Lasso. Por eso hablo de comportamiento criminal: si no saben que tal tóxico contamina, está bien. Ahora, que lo sepan y lo oculten concientemente es terrible.
–¿Por qué los controles sobre este tipo de multinacionales resultan insuficientes?

–Hay un problema central, que es el sistema de reglamentación de los productos tóxicos. Las empresas dicen que son productos probados y reglamentados. Todo eso es mentira: los estudios en que las instituciones gubernamentales se basan son hechos, entregados y pagados por las propias multinacionales. En general, los expertos de las agencias de reglamentación, que se supone que van a estudiar esos datos, tienen conflictos de intereses muy grandes, porque al mismo tiempo trabajan con multinacionales. Es lo que yo llamo “puertas giratorias”: funcionarios estatales que trabajan en organismos de control y luego lo hacen en las empresas, o al revés. Por otro lado, es un problema fundamental en la reglamentación de los agroquímicos la falta de transparencia y democracia. Los expertos se reúnen a puertas cerradas y ningún observador está autorizado a asistir a los debates. Los datos que van a estudiar son protegidos bajo el secreto comercial. Es una cosa increíble, porque es información toxicológica que tendría que ser pública porque afecta a millones de personas.

–En ese contexto, ¿cree que puede existir la independencia científica para evaluar a los agroquímicos?

–Es muy difícil. Los científicos tienen mucha presión y a veces pierden su empleo. Sé lo que pasó en la Argentina con el doctor Carrasco. Siempre es la misma historia. En mi último libro dedico tres capítulos a lo que se llama la “fábrica de la duda”. ¿Qué implica? Si, por ejemplo, un científico independiente publica un estudio enseñando la relación entre una exposición a un plaguicida y una enfermedad, la multinacional paga a un laboratorio que saca otro estudio diciendo lo contrario. Al final, llegan los dos estudios a la agencia de reglamentación y eso se demora años y años. Mientras tanto, el producto se sigue utilizando. Es algo perverso, criminal, porque hablamos de productos que en muchos casos dan cáncer.

–Algunas empresas aseguran que los transgénicos son indispensables porque el crecimiento poblacional demanda mayor producción de alimentos.

–Es mentira. Si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es justamente a causa de este modelo, que llevó a la concentración de la tierra, como se ve bien en la Argentina, donde miles de hectáreas están en manos de algunos grandes productores. Por otro lado, este sistema de producción de alto rendimiento es, en un 90%, para alimentar animales de países industriales y no para alimentar a la gente. Lo que vi en el mundo entero es que ahí donde existe este modelo de agricultura, hay pueblos acabados, porque saca del país a los pequeños campesinos, los despoja de la tierra. Con todo esto, están hambreando al mundo.

–¿Y cuál considera que podría ser la alternativa?

–Tenemos que volver a una agricultura familiar, sin dependencia del petróleo, con biodiversidad de cultivos, que dé la posibilidad a las familias de alimentarse primero y luego vender en los mercados locales. Sacar a la agricultura de los grandes mercados internacionales.

–En esta coyuntura, ¿qué fue lo que más le impactó cuando visitó la Argentina?

–Estuve en 2005 y recorrí Santiago del Estero, La Pampa, Formosa, entre otros lugares. En Santiago estaban desmontando de manera brutal, provocando inundaciones en Santa Fe. También vimos los problemas en la salud: fuimos a escuelas donde los chicos se habían enfermado porque fumigaban frente al establecimiento. Un desastre. Pero lo que más me sorprendió fue que nadie sabía nada. Nadie sabía qué era un transgénico. Nadie se había dado cuenta de que la sojización era un desastre planificado. Porque el día que no haya más mercado para la soja transgénica, ¿cómo recuperás el suelo?, ¿cómo recuperás a las familias de campesinos que fueron despojados de sus tierras? La soja lleva a la Argentina al hambre y a la dependencia total.

–Muchos defensores del glifosato dicen que este agroquímico es tan dañino como “una aspirina”. ¿Qué les diría?

–Que si dicen eso, hacen propaganda de Monsanto. Se sabe que el glifosato es un perturbador endócrino, ataca el sistema de reproducción de las mujeres y los hombres. Da cáncer, los científicos lo explican. Es un veneno muy poderoso. En Europa acaba de salir una queja contra Monsanto para revisar la autorización del glifosato Round-Up, porque se escondieron algunos productos muy tóxicos que están dentro del formulado y que nunca fueron informados ni publicados. Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria.<

El desembarco en la Argentina

La soja transgénica ingresó a la Argentina en 1996, de la mano del por entonces secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá. Fue el segundo país, después de los Estados Unidos, en autorizar su llegada, en un proceso plagado de irregularidades.

Según relató en su momento el diario Página/12, se violaron procedimientos administrativos, se dejaron sin respuesta los cuestionamientos de instancias técnicas y no se realizaron los análisis especificados por distintos organismos. Ya durante la autorización se vio la mano de las multinacionales: el expediente administrativo estaba escrito en inglés y nunca se tradujo al castellano. Además, de sus 136 folios, 108 pertenecían a informes presentados por Monsanto. De todas formas, el 25 de marzo de 1996, Solá firmó el documento. “Si existe un país en el que la multinacional haya podido hacer todo lo que le viniera en gana sin el menor obstáculo, ese es Argentina”, sostuvo Marie-Monique Robin en El mundo según Monsanto.

Clarín, La Nación y el glifosato

El 6 de marzo del año pasado, en un artículo titulado “Por qué Clarín y La Nación apoyan el uso de glifosato”, Tiempo Argentino puso en evidencia los vínculos comerciales que existen entre los dos diarios hegemónicos y Monsanto.

Los casos de cáncer denunciados por investigadores independientes no tuvieron lugar en las páginas de Clarín, mientras que el diario de los Mitre encaró una campaña para deslegitimar los estudios que advertían sobre los efectos del herbicida. Sucede que ambas empresas están asociadas en la organización de la feria anual Expoagro, donde se realizan jugosos negocios vinculados con el comercio de agroquímicos, con la participación de las principales compañías del rubro.

Por otra parte, a mediados de los ’90, Héctor Huergo, director del Suplemento Rural del diario de Noble y Magnetto, fue uno de los principales impulsores mediáticos para conseguir el ingreso de la soja transgénica y el glifosato a la Argentina.

En El mundo según Monsanto, Marie-Monique Robin se refiere a Huergo como “el más firme defensor argentino” de los transgénicos, quien “animaba al gobierno a sustituir los programas de ayuda social por una cadena solidaria de coste cero gracias a una red de distribución de soja”. Por entonces, el director de Clarín Rural consideraba que se trataba de “uno de los alimentos más completos que basta con hacer que entre en nuestra cultura”.

Robin, quien sostuvo que “este señor tiene un papel muy oscuro en esta historia”, concluyó: “Me gustaría saber cómo vive, porque no me puedo imaginar que hizo esto sólo por ideología. Aquí hay intereses muy fuertes.”

19 de marzo de 2012

La soja transgénica de Cristina y Monsanto lleva al hambre


Cabe señalar que Cristina Fernández de Kirchner ORDENÓ la APERTURA y PUESTA EN FUNCIONAMIENTO de una PLANTA DE GLIFOSATO EN ARGENTINA. El diario oficialista "El Argentino" se burla de los lectores al publicar el siguiente articulo sin mencionarlo.

Articulo de El Argentino (Un diario K que defiende las inversiones mineras y transgénicas de Rockefeller en Argentina mientras emite el típico doble discurso oficialista. Y oculta los negocios de CFK con MONSANTO, SOROS y ROCKEFELLER)

Publicamos la nota solo por los dichos de la afamada y prestigiosa periodista Marie Monique-Robín.

Reconocida por sus investigaciones sobre el accionar de las multinacionales agrícolas, la periodista francesa asegura que “si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es a causa de este modelo”. Está convencida de que el glifosato terminará prohibido. “¿Pero después de cuántos muertos y cuánta contaminación?”, se pregunta la autora de El mundo según Monsanto. Además, por qué denunció al director de Clarín Rural.

Marie-Monique Robin (51) es autora de numerosas investigaciones. Quizás, la más famosa de ellas sea El mundo según Monsanto, publicada en 2008 como libro y documental cinematográfico, traducida a 16 idiomas y difundida hasta en las regiones más recónditas de África. En ese trabajo, la periodista francesa reveló los entretelones del agronegocio y denunció a la corporación Monsanto, líder del mercado mundial de semillas transgénicas y agroquímicos, por ocultar y falsificar información relativa a los productos que comercializa. Robin dedicó un capítulo entero al caso de la Argentina, lo que la llevó a conocer diferentes provincias inundadas por el “oro verde” y constantemente fumigadas.

“Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria”, aseguró la autora, que recientemente publicó una nueva investigación sobre esta problemática: El veneno nuestro de cada día, donde se ocupa de los químicos que contaminan la cadena alimentaria. Robin adelantó que en abril próximo se espera que el libro llegue a nuestro país.

–¿Cuándo y cómo comenzó su interés por este tema?
–Llevo más de 25 años trabajando como periodista, con un interés particular por la cuestión agrícola, porque mis padres son agricultores en Francia. Así fue que comencé a hacer un trabajo de investigación sobre la pérdida de biodiversidad en el mundo. Cuando fui a México me encontré con un escándalo tremendo: multinacionales que consiguen patentes de semillas. Dentro de esas empresas estaba Monsanto, que en aquella época ya tenía más de 600 patentes en plantas. Allí empecé a investigar a Monsanto y a ver el tema de las patentes, que para mí es central. La única razón por la que Monsanto hace transgénicos es porque hay patentes, y eso permite que pida regalías y tenga un monopolio del sistema. Controla toda la cadena alimentaria a través de este sistema, obligando a los agricultores a comprar cada año sus semillas.

–En El mundo según Monsanto usted denunció el accionar de una de las empresas más poderosas del mundo. ¿Recibió presiones o amenazas?
–Esa era mi preocupación. Pero pasó una cosa que para mí fue una protección tremenda: el increíble impacto del material publicado. Si no me pasó nada es porque todo está justificado con entrevistas y con documentos. Yo estaba en Canadá cuando salió el documental y una de las periodistas que me entrevistó me dijo que su mejor amiga era la directora de comunicación de Monsanto Canadá. “La empresa buscó en cada página cómo te podía hacer un juicio y no encontró nada”, me confesó. Por eso yo digo abiertamente que Monsanto es una empresa criminal.

–¿Cuáles son los principales argumentos para sostener su denuncia?
–Cuando una empresa sabe que un producto es muy tóxico, es decir, que va a contaminar el medio ambiente o va a enfermar a la gente, y de todas formas hace lo posible para mantenerlo en el mercado, entonces se trata de un comportamiento criminal. Por ejemplo, en el tema del Policloruro de Bifenilo (PCB), prohibido en casi todo el mundo, Monsanto acumuló las pruebas y las escondió, sabiendo cuán altamente tóxicos eran los PCB. Por eso fueron condenados a pagar 700 millones de dólares de multa en los Estados Unidos (N. del R.: Fue por la tragedia de Anniston, en 2002, cuando la justicia comprobó que de 3516 demandantes de ese pueblo, el 15% presentaba niveles superiores a 20ppm de PCB en sangre, cuando lo aceptable es de 2ppm).

–Este tema forma parte también de su nuevo libro, Nuestro veneno de cada día.
–Claro. Allí cuento la historia de campesinos que se reunieron para hacer una asociación de más de 200 miembros. Muchos tienen enfermedades como Parkinson y cáncer. Son campesinos que manipulan tóxicos a diario. El presidente de esta asociación manipuló Lasso, un herbicida para el maíz de Monsanto, prohibido en la Unión Europea, y esto le provocó una intoxicación aguda. Cayó en coma y, después de recuperarse, se enfermó de Parkinson. La enfermedad se desarrolló muy rápidamente, el hombre sólo tiene 48 años. Fue a juicio y ganó. Monsanto fue reconocido como culpable de la enfermedad y se pudo demostrar que la empresa disimuló estudios y datos sobre el Lasso. Por eso hablo de comportamiento criminal: si no saben que tal tóxico contamina, está bien. Ahora, que lo sepan y lo oculten concientemente es terrible.

–¿Por qué los controles sobre este tipo de multinacionales resultan insuficientes?
–Hay un problema central, que es el sistema de reglamentación de los productos tóxicos. Las empresas dicen que son productos probados y reglamentados. Todo eso es mentira: los estudios en que las instituciones gubernamentales se basan son hechos, entregados y pagados por las propias multinacionales. En general, los expertos de las agencias de reglamentación, que se supone que van a estudiar esos datos, tienen conflictos de intereses muy grandes, porque al mismo tiempo trabajan con multinacionales. Es lo que yo llamo “puertas giratorias”: funcionarios estatales que trabajan en organismos de control y luego lo hacen en las empresas, o al revés. Por otro lado, es un problema fundamental en la reglamentación de los agroquímicos la falta de transparencia y democracia. Los expertos se reúnen a puertas cerradas y ningún observador está autorizado a asistir a los debates. Los datos que van a estudiar son protegidos bajo el secreto comercial. Es una cosa increíble, porque es información toxicológica que tendría que ser pública porque afecta a millones de personas.

–En ese contexto, ¿cree que puede existir la independencia científica para evaluar a los agroquímicos?
–Es muy difícil. Los científicos tienen mucha presión y a veces pierden su empleo. Sé lo que pasó en la Argentina con el doctor Carrasco. Siempre es la misma historia. En mi último libro dedico tres capítulos a lo que se llama la “fábrica de la duda”. ¿Qué implica? Si, por ejemplo, un científico independiente publica un estudio enseñando la relación entre una exposición a un plaguicida y una enfermedad, la multinacional paga a un laboratorio que saca otro estudio diciendo lo contrario. Al final, llegan los dos estudios a la agencia de reglamentación y eso se demora años y años. Mientras tanto, el producto se sigue utilizando. Es algo perverso, criminal, porque hablamos de productos que en muchos casos dan cáncer.

–Algunas empresas aseguran que los transgénicos son indispensables porque el crecimiento poblacional demanda mayor producción de alimentos.
–Es mentira. Si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es justamente a causa de este modelo, que llevó a la concentración de la tierra, como se ve bien en la Argentina, donde miles de hectáreas están en manos de algunos grandes productores. Por otro lado, este sistema de producción de alto rendimiento es, en un 90%, para alimentar animales de países industriales y no para alimentar a la gente. Lo que vi en el mundo entero es que ahí donde existe este modelo de agricultura, hay pueblos acabados, porque saca del país a los pequeños campesinos, los despoja de la tierra. Con todo esto, están hambreando al mundo.

–¿Y cuál considera que podría ser la alternativa?
–Tenemos que volver a una agricultura familiar, sin dependencia del petróleo, con biodiversidad de cultivos, que dé la posibilidad a las familias de alimentarse primero y luego vender en los mercados locales. Sacar a la agricultura de los grandes mercados internacionales.

–En esta coyuntura, ¿qué fue lo que más le impactó cuando visitó la Argentina?
–Estuve en 2005 y recorrí Santiago del Estero, La Pampa, Formosa, entre otros lugares. En Santiago estaban desmontando de manera brutal, provocando inundaciones en Santa Fe. También vimos los problemas en la salud: fuimos a escuelas donde los chicos se habían enfermado porque fumigaban frente al establecimiento. Un desastre. Pero lo que más me sorprendió fue que nadie sabía nada. Nadie sabía qué era un transgénico. Nadie se había dado cuenta de que la sojización era un desastre planificado. Porque el día que no haya más mercado para la soja transgénica, ¿cómo recuperás el suelo?, ¿cómo recuperás a las familias de campesinos que fueron despojados de sus tierras? La soja lleva a la Argentina al hambre y a la dependencia total.

–Muchos defensores del glifosato dicen que este agroquímico es tan dañino como “una aspirina”. ¿Qué les diría?
–Que si dicen eso, hacen propaganda de Monsanto. Se sabe que el glifosato es un perturbador endócrino, ataca el sistema de reproducción de las mujeres y los hombres. Da cáncer, los científicos lo explican. Es un veneno muy poderoso. En Europa acaba de salir una queja contra Monsanto para revisar la autorización del glifosato Round-Up, porque se escondieron algunos productos muy tóxicos que están dentro del formulado y que nunca fueron informados ni publicados. Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria.

El desembarco en la Argentina

La soja transgénica ingresó a la Argentina en 1996, de la mano del por entonces secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá. Fue el segundo país, después de los Estados Unidos, en autorizar su llegada, en un proceso plagado de irregularidades.

Según relató en su momento el diario Página/12, se violaron procedimientos administrativos, se dejaron sin respuesta los cuestionamientos de instancias técnicas y no se realizaron los análisis especificados por distintos organismos. Ya durante la autorización se vio la mano de las multinacionales: el expediente administrativo estaba escrito en inglés y nunca se tradujo al castellano. Además, de sus 136 folios, 108 pertenecían a informes presentados por Monsanto. De todas formas, el 25 de marzo de 1996, Solá firmó el documento. “Si existe un país en el que la multinacional haya podido hacer todo lo que le viniera en gana sin el menor obstáculo, ese es Argentina”, sostuvo Marie-Monique Robin en El mundo según Monsanto.

Clarín, La Nación y el glifosato

El 6 de marzo del año pasado, en un artículo titulado “Por qué Clarín y La Nación apoyan el uso de glifosato”, Tiempo Argentino puso en evidencia los vínculos comerciales que existen entre los dos diarios hegemónicos y Monsanto.

Los casos de cáncer denunciados por investigadores independientes no tuvieron lugar en las páginas de Clarín, mientras que el diario de los Mitre encaró una campaña para deslegitimar los estudios que advertían sobre los efectos del herbicida. Sucede que ambas empresas están asociadas en la organización de la feria anual Expoagro, donde se realizan jugosos negocios vinculados con el comercio de agroquímicos, con la participación de las principales compañías del rubro.

Por otra parte, a mediados de los ’90, Héctor Huergo, director del Suplemento Rural del diario de Noble y Magnetto, fue uno de los principales impulsores mediáticos para conseguir el ingreso de la soja transgénica y el glifosato a la Argentina.

En El mundo según Monsanto, Marie-Monique Robin se refiere a Huergo como “el más firme defensor argentino” de los transgénicos, quien “animaba al gobierno a sustituir los programas de ayuda social por una cadena solidaria de coste cero gracias a una red de distribución de soja”. Por entonces, el director de Clarín Rural consideraba que se trataba de “uno de los alimentos más completos que basta con hacer que entre en nuestra cultura”.

Robin, quien sostuvo que “este señor tiene un papel muy oscuro en esta historia”, concluyó: “Me gustaría saber cómo vive, porque no me puedo imaginar que hizo esto sólo por ideología. Aquí hay intereses muy fuertes.”

Celeste Fassbinder
BWN Argentina

¡Glifosato para todos!

La Secretaría de Industria y Comercio de la Nación aprobó el proyecto productivo de la empresa Tecnomyl para la producción de plaguicidas, entre los que se encuentra el glifosato. Mientras tanto, desde Diario Registrado, de la productora de 678, se difundió la noticia "el glifosato y lo que no publican los grandes medios". Hace referencia a un informe del Huffington Post, titulado “El herbicida más vendido causa defectos de nacimiento según los científicos”. Con la misma preocupación, sería saludable que los medios oficialistas también se difundieran la participación del propio gobierno nacional en el modelo de los agronegocios.
http://www.bwnargentina.com/2012/03/la-soja-transgenica-de-cristina-y.html 

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