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5 de julio de 2011

Repudio a los acuerdos y declaraciones sobre la crisis alimentaria del G20


Sin explayarnos lo suficiente diremos además que este modelo nos expone directamente a millones de litros de agro tóxicos que son esparcidos sobre nuestro territorio y que esta presente en la mayoría de los alimentos que ofrece la gran industria, sumándole los componentes transgénicos, de los cuales todos los consumidores somos ratas de laboratorio para conocer que efectos provocaran en la humanidad y en el planeta.
No habrá manera de establecer la justicia social sin soberanía alimentaria, y no es posible la soberanía alimentaria en el marco de una agricultura industrial controlada por una las corporaciones transnacionales y la mesa de enlace.


por Movimiento Nacional Campesino Indígena

Los medios de comunicación argentinos difunden la noticia de que los acuerdos del G20 en el tema agricultura son un éxito para Argentina y el mundo. Y se destaca en esto la posición Argentina en cuanto a la crisis alimentaria.
Desde el Movimiento Nacional Campesino Indígena repudiamos los acuerdos y las falsas soluciones basadas en las presiones y lobbies de las transnacionales. Basados en certezas científicas sesgadas y corrompidas como un cáncer en gran parte de la producción pseudo-científica de las Universidades durante el auge del neoliberalismo.
En primer lugar el G20 no es un espacio democrático ni legitimo para debatir políticas agrarias globales, están allí ausentes casi todos los países y principalmente aquellos que han sufrido la perdida de soberanía alimentaria debido a la revolución verde y la invasión de las transnacionales, muchas veces precedidas por tropas militares de la OTAN.


Los Gobiernos de Argentina y Brasil impulsaron que el Consejo de Seguridad Alimentaria en la FAO, sea el espacio de gobernanza mundial agrícola.
Y ahora, por lo que se leen en los medios de comunicación, ¿Claudicaron en sus convicciones? ¿Mintieron a la sociedad civil y a 193 gobiernos que aprobaron la reforma del CFS/FAO?
La FAO tiene muchísima información para demostrar que el problema del hambre no es un problema de productividad de alimentos si no de como se produce, quienes producen y como se distribuyen los mismos, un reciente documento de FAO describe que en la cadena agroindustrial global se pierde el 40% de los alimentos producidos por descomposición y desechos.


El informe IAASTAD del cual FAO es parte, demuestra que a medida que se desarrolla la agricultura industrial y se fortalece el poder de las transnacionales el hambre crece en el mundo. El mismo informe recomienda retomar la vía de la producción campesina familiar y agroecológica como forma de luchar contra el hambre.
¿Es por estas contundentes pruebas que la discusión de la política agraria global se sale de la ONU y de FAO y se lleva a la OMC y a al G20 donde los países poderosos y las transnacionales tienen mucho más poder?
Pero ¿y la posición argentina?
La posición que llevó el gobierno argentino a la reunión del G20 es producto de la presión y el lobby de la mesa de enlace y las corporaciones transnacionales. El actual modelo agropecuario no es sustentable, el mercado interno esta apenas sostenido por enormes masas de subsidios que el estado nacional debe aportar a los sectores concentrados del las carnes, lácteos y granos para que los precios mínimos de los alimentos básicos no se disparen. La cadena agroalimentaria esta cada vez mas monopolizada, producto del acaparamiento de tierras y de la concentración industrial, así como de la burbuja financiera que rodea al mercado global de los alimentos.
Las cosechas record de millones de toneladas de granos son incapaces de saciar el hambre a los argentinos y que en pleno 2011 todavía tengamos que soportar índices que dan cuenta de esta realidad, y aunque el hambre se publica en menos de 5 %, la pobreza sigue en dos dígitos 13,9 %.
Los agro combustibles (mal llamados biocombustibles) generan también enormes presiones para que los alimentos aumenten.

Plantear que debemos redoblar las exportaciones de alimentos en el marco del modelo actual genera claras contradicciones con las aspiraciones de un desarrollo industrial armónico con justicia social y con las políticas de derechos humanos .Además esto va en dirección a consolidarnos como productores de materias primas en el marco de un saqueo transnacional que nada tiene que envidiarle a antiguos esquemas coloniales. Aumentar a 160 millones de toneladas de granos (forrajeros y no alimentarios) la producción anual (tal como anunció el ministro) es sumar otras 10 millones de hectáreas a las 20 millones que se cultivan de soja transgénica, además de los otros cultivos. Y no tiene otra forma de hacerse que a partir de los desalojos de las familias campesinas que producen de manera sustentable en el bosque, a partir de eliminar la biodiversidad de ecosistemas frágiles y en franco deterioro como el Parque Chaqueño. Presionando al exodo rural que continuara sobredimencionando las ciudades.


La agricultura argentina (exceptuando la campesina, indígena y familiar) no es nacional, ni responde a intereses nacionales, y por tanto no podemos engañarnos, un modelo basado en retenciones a las exportaciones agrícolas no conduce a ningún desarrollo, mucho menos al buen vivir, o calidad de vida. Las retenciones son una buena medida coyuntural, pero para nada una solucion estructural.
Por eso la Argentina debe rectificar su posición, en primer lugar el debate debe darse en el ámbito de la ONU y del CSA en FAO, y en segundo lugar se hace necesario plantear herramientas globales para frenar la escalada de precios de los alimentos así como detener al capital financiero. Sobran ejemplos para ver que todo lo que toca este tipo de inversiones luego cae catastróficamente.
Frente al problema del hambre es urgente generar mecanismos de control sobre las transnacionales y poner firmes límites a los acaparamientos de las cadenas agroalimentarias por parte de las mismas.
Además la única salida a la crisis alimentaria y a la crisis climática es fortaleciendo la agricultura campesina y familiar, única garantía de producción de alimentos sanos y suficientes en el marco de sistemas de mercados locales dinámicos y justos, claro eso se logra con intervención estatal. El Brasil ha sido un claro ejemplo con su programa Hambre Cero, realizado entre gobierno, movimientos de agricultores familiares campesinos y consumidores urbanos como sujetos activos.
Además las exportaciones de alimentos deben estar centralizadas y fiscalizadas por el estados, los ingresos económicos ser insumos para políticas públicas y el desarrollo.
El rol de las organizaciones campesinas indígenas y de la agricultura familiar es de carácter estratégico, la mayoría de las estructuras del estado fueron configuradas al servicio del agronegocio, por lo tanto para desarrollar políticas públicas transparentes y democratizadora, las mismas deben contar con la activa participación de las organizaciones.
La cuestión de la tecnología y la ciencia esta hoy al servicio del capital y de las corporaciones, es necesario socializar y generar conocimiento científico capaz de articular con el conocimiento ancestral acumulado en las comunidades campesinas y desarrollar nuevos modelos de producción agroecológica.
No nos engañemos mas, que la idea de maximizar a toda costa la exportación de comodities históricamente benefició y fortaleció a la oligarquía rural y sus aliados las transnacionales. No hay posibilidad de construir en modelo sustentable y justo en ese esquema, porque el poder de la producción de alimentos no es algo a subestimar.




Finalmente plantear que el planeta tierra y todas sus fuentes naturales y energéticas son fuente ilimitada de energía y mercancías es algo irracional y para nada científico. Y este modelo de producción y consumo industrial intenta obviar esa evidencia. Eso puede llevarnos a toda la humanidad a un final catastrófico. El cambio climático y el hambre. La Revolución Verde no solucionó el hambre sino que la acrecentò;  la revolución transgénica ha provocado violencia contra los productores genuinos de alimentos y más hambrientos. No son los científicos los quegarantizarán los alimentos, sino los agricultores campesinos, pescadores artesanales, pastores y pueblos indígenas.
Sin explayarnos lo suficiente diremos además que este modelo nos expone directamente a millones de litros de agro tóxicos que son esparcidos sobre nuestro territorio y que esta presente en la mayoría de los alimentos que ofrece la gran industria, sumándole los componentes transgénicos, de los cuales todos los consumidores somos ratas de laboratorio para conocer que efectos provocaran en la humanidad y en el planeta.
No habrá manera de establecer la justicia social sin soberanía alimentaria, y no es posible la soberanía alimentaria en el marco de una agricultura industrial controlada por una las corporaciones transnacionales y la mesa de enlace.
Este es un debate urgente y todos aquellos sectores que nos consideramos como progresistas, de izquierda o nacional y popular estamos obligados a darlo profundamente sin especulaciones políticas ni electorales. No escamoteemos la realidad con el credo del progreso moderno, que tantas consecuencias nefastas esta trayendo a la humanidad y a la vida en la madre tierra.

20 de mayo de 2011

Cómo Goldman Sachs causó la presente crisis alimentaria


Cómo Goldman Sachs causó la presente crisis alimentaria
Federick Kaufman · · · · ·


No culpe a los apetitos de los Estados Unidos, al aumento de los precios del petróleo o a los cultivos genéticamente modificados por los altos precios de los alimentos. Wall Street es la culpable. El analista Frederick Kaufman escribe en la prestigiosa revista norteamericana Foreign Policy.






No culpe a los apetitos de los Estados Unidos, al aumento de los precios del petróleo o a los cultivos genéticamente modificados por los altos precios de los alimentos. Wall Street es la culpable. El analista Frederick Kaufman escribe en la prestigiosa revista norteamericana Foreign Policy.

La oferta y la demanda sin duda importan. Pero hay otra razón por la cual los alimentos en todo el mundo se han vuelto tan caros: la codicia de Wall Street.

Bastó con que las brillantes mentes de Goldman Sachs cayeran en la cuenta de esta sencilla verdad: nada es más valioso que el pan nuestro de cada día. Y donde hay valor, hay dinero. En 1991, a los banqueros de Goldman, liderados por su profético presidente Gary Cohn, se les ocurrió un nuevo tipo de producto de inversión, un derivado financiero que daba seguimiento indiciario a 24 productos básicos, desde metales preciosos y energía hasta café, cacao, ganado vacuno, maíz, puercos, soja y trigo. Se ponderó el valor de la inversión de cada elemento, mezclaron y barajaron las partes, y redujeron lo que había sido un conjunto complicado de cosas reales a una fórmula matemática, que en lo sucesivo se denominaría Índice de Productos básicos de Goldman Sachs (GSCI).

Durante una década, el GSCI se mantuvo como un vehículo de inversión relativamente estático, porque los banqueros estaban más preocupados por el riesgo y la deuda colateralizada que por las cosas que podían ser sembradas o cosechadas. Luego, en 1999, la Commodities Futures Trading Commission[Comisión para el Comercio con Futuros de Productos Básicos]  desreguló los mercados de futuros. De repente, los bancos podían asumir, a su antojo, posiciones en los mercados de granos, antes –desde la Gran Depresión— sólo accesibles a quienes realmente tenían algo que ver con la producción de nuestros alimentos.

Grandes cambios estaban por llegar a las bolsas de granos de Chicago, Minneapolis y Kansas City, que durante 150 años habían contribuido a moderar las subidas y bajadas de los precios mundiales de los alimentos. La agricultura puede parecer algo bucólico, pero es una industria intrínsecamente inestable, sujeta a las vicisitudes del clima, las enfermedades y los desastres. El sistema de comercio de futuros de granos apareció después de la Guerra Civil Americana impulsado por los fundadores de Archer Daniels Midland, General Mills y Pillsbury, y contribuyó a establecer a Estados Unidos como un gigante financiero que terminaría superando a Europa. Los mercados de granos también protegían a los agricultores y molineros de los riesgos inherentes a su profesión. La idea básica era el "contrato a término", un acuerdo entre vendedores y compradores de trigo para ponerle un precio razonable aun antes de su siembra. Así, los “futuros” de granos contribuían a estabilizar  el precio de una hogaza de pan en la panadería –o más tarde, en el supermercado—, al tiempo que permitían a los agricultores protegerse contra los malos tiempos e invertir en sus fincas y empresas. Resultado: en el transcurso del siglo XX, el precio real del trigo se redujo (a pesar de un contratiempo o dos, sobre todo en la espiral inflacionaria de la década de los 70), estimulando el desarrollo de la agroindustria estadounidense. Después de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos rutinariamente producían excedentes de granos, que se convirtieron en un elemento esencial de sus estrategias políticas, económicas y humanitarias, y se calla por sabido que el grano estadounidense alimentaba a millones de personas hambrientas en todo el mundo.

Los mercados de futuros incluían tradicionalmente a dos tipos de jugadores. Por un lado, estaban los agricultores, molineros y almacenistas, agentes del mercado que tienen un interés real y físico en el trigo. Este grupo no sólo incluye a los productores de maíz en Iowa o a los productores de trigo en Nebraska, sino también a grandes multinacionales como Pizza Hut, Kraft, Nestlé, Sara Lee, Tyson Foods y McDonald's –cuyas acciones en la  Bolsa de Nueva York suben y bajan, según su capacidad para llevar comida a precios competitivos a las ventanas de los coches de la gente y a los estantes de los supermercados—. Estos participantes en el mercado se llaman terceros de buena fe, porque realmente necesitan comprar y vender cereales.

En el otro lado, tenemos al especulador. El especulador no produce ni consume maíz, soja o trigo; ni dispone de un lugar en donde almacenar las 20 toneladas de cereales que podría comprar en un momento dado. Los especuladores hacen dinero a través del comportamiento del mercado tradicional: comprar barato y vender caro. Y los actores físicos en los futuros de los granos tienen por regla general dar la bienvenida a los especuladores tradicionales de su mercado, ya que sus constantes órdenes de compra y venta generan liquidez y ofrecen a losterceros de buena fe una manera de manejar el riesgo al permitirles vender y comprar a su antojo.

Pero el índice de Goldman pervirtió la simetría de este sistema. Al GSCI no le importan los inveterados patrones compra-venta/venta-compra. Este novedoso producto derivado fue fabricado para comprar productos básicos, y sólo comprar. En la base de esa estrategia que sólo busca posiciones largas (o compra de futuros) estaba la intención de transformar una inversión en productos básicos (que antes era de la competencia de especialistas) en algo que se parecía mucho a una inversión en acciones: el tipo de activos en los que cualquiera podría poner su dinero y dejar que se acumulara durante décadas (como comprar General Electric o Apple). Cuando los mercados de productos básicos empezaran a parecerse a la bolsa de valores, los bancos recibirían nuevos flujos de dinero en efectivo. Pero la estrategia tenía un defecto, al menos desde el punto de vista de aquellos de nosotros que comemos: el GSCI no incluía un mecanismo para vender la mercancía.

Este desequilibrio socavó la estructura recibida de los mercados de productos básicos, al necesitar que los banqueros compren y sigan comprando: sin importar el precio. Cada vez que se acercaba la fecha de vencimiento de un contrato a futuro de un índice de productos básicos, los bancos estaban obligados a "rodar" su cartera de miles de millones de dólares en órdenes de compra al siguiente contrato de futuros, para los siguientes dos o tres meses. Y dado que simplemente el impacto deflacionario de “acortar” una posición no era parte de la estrategia del GSCI, los operadores profesionales de granos podían hacer un gran negocio anticipando las inevitables fluctuaciones que causarían estas "rodadas". "Me gano la vida con dinero tonto", le dijo el comerciante de productos básicos Emil Van Essen a Businessweek el año pasado. Los corredores de productos básicos empleados por los bancos, que habían creado los fondos del índice de productos básicos, estaban rebosantes de felicidad.

Los banqueros reconocen un buen sistema cuando lo ven, y decenas de especuladores siguieron el ejemplo de Goldman y se unieron al juego del índice de productos básicos, incluyendo Barclays, Deutsche Bank, Pimco, JP Morgan Chase, AIG, Bear Stearns y Lehman Brothers, por reducirnos sólo a algunos de los vendedores de fondos del índice de productos básicos. Se había configurado el escenario para la inflación de los precios de los alimentos que, con el tiempo, tomaría por sorpresa a algunos de los mayores molinos, procesadores y minoristas en los Estados Unidos y que impactó a todo el mundo.

El dinero habla. Desde el estallido de la burbuja tecnológica en 2000, ha aumentado en 50 veces la inversión en fondos del índice de productos básicos. Para poner el fenómeno en términos reales: en 2003, el mercado de futuros sobre productos básicos tenía un volumen de sólo 13 mil millones de dólares. Pero cuando la crisis financiera mundial puso en fuga a los inversores a principios de 2008, y dado que sus dólares, libras y euros no encontraban destino fiable, los productos básicos –y singularmente, los alimentos– aparecieron subitáneamente como el último y óptimo refugio del dinero en efectivo de los fondos de cobertura, los fondos de pensiones y los fondos soberanos. "Había personas que no tenían idea de qué eran los productos básicos, pero, aun así, los compraban", comentaba un analista del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos. En los primeros 55 días de 2008, los especuladores vertieron 55 mil millones dólares en los mercados de productos básicos, y en julio, volcaron 318 mil millones dólares en el mercado. Desde entonces, la inflación de los alimentos se mantiene estable.

Y el dinero fluía, y los banqueros ya habían preparado un nuevo casino de derivados de alimentos. Con los precios del petróleo y el gas (los productos dominantes de los fondos de índices) en cabeza, los nuevos productos de inversión incendiaron los mercados de todos los otros productos básicos indexados, causando un problema bien conocido ya para los versados ​​en la historia de los tulipanes, de las «puntocom» y de los bienes raíces baratos: una burbuja de los alimentos. El trigo duro rojo de primavera, que por lo general se vende entre 4  6 dólares por bushel de 60 libras, batió todos los récords al alcanzar los futuros los 25 dólares. Y así, entre 2005 y 2008, el precio mundial de los alimentos subió un 80 por ciento: y sigue subiendo. "Nunca habíamos visto tanto capital de inversión en los mercados de productos básicos", declaró Kendell Keith, presidente de la Asociación Nacional de Granos y Piensos. "No hay duda de que ha habido especulación". En una nota informativa publicada recientemente, Olivier De Schutter, Relator Especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, concluía que en 2008 "una parte significativa de la subida de los precios [de los alimentos] se debió a la aparición de una burbuja especulativa".

Lo que estaba pasando en los mercados de granos no era el resultado de la "especulación" en el sentido tradicional de comprar barato y vender caro. Hoy en día, junto con el índice acumulado, el GSCI de Standard & Poor's ofrece 219 diferentes tickers de índices, y los inversores pueden encender sus sistemas Bloomberg y apostar en lo que quieran, desde paladio hasta aceite de soja, biocombustibles o ganado. Pero el auge de nuevas oportunidades especulativas en los granos, el aceite comestible y los mercados de ganado ha creado un círculo vicioso. Cuanto más aumenta el precio de los productos alimenticios, más dinero ganan los banqueros y más aumentan los precios. De hecho, entre 2003 y 2008, ¡el volumen de la especulación de fondos de índices aumentó un 1.900%! "Lo que estamos viviendo es una crisis de demanda dimanante de una nueva categoría de participante en los mercados a futuro", declaró Michael Masters, Gerente de Masters Capital Management, ante el Congreso de los Estados Unidos en plena crisis alimentaria de 2008.

El resultado de la entrada de Wall Street en los mercados de granos, piensos y ganadería ha tenido en tremendo impacto en la producción alimentaria mundial y en los sistemas de distribución. Ahora, la oferta de alimentos del mundo no sólo tiene que enfrentarse a las limitaciones de suministro y a los aumentos de la demanda de grano, sino también a este espurio mecanismo de alza artificial de los precios de los granos creado por la banca de inversión. Resultado: el trigo imaginario domina el precio del trigo real, ya que ahora hay cuatro especuladores por cada tercero de buena fe (tradicionalmente, eran sólo una quinta parte del mercado).

Hoy en día, los banqueros y los agentes de bolsa están en la cima de la cadena alimenticia: son los carnívoros del sistema, los predadores del resto del mundo y todo cuanto hay en él. En la base, el sufrido agricultor; para él, el aumento del precio del grano debería haber sido un golpe de suerte, pero la especulación también ha creado picos en los precios de todo lo que necesitan los agricultores para producir su grano, desde las semillas hasta los fertilizantes, pasando por el diesel. Inmediatamente por encima de ellos, los consumidores. El estadounidense promedio, que gasta aproximadamente 8 a 12 por ciento de su salario semanal en alimentos, no sintió inmediatamente la crisis. Pero para los casi 2 mil millones de personas en todo el mundo que gastan más de 50 por ciento de sus ingresos en alimentos, los efectos han sido devastadores: 250 millones de personas pasaron a engrosar las filas de los hambrientos en 2008, con lo que la inseguridad alimentaria rebasó llegó a golpear a mil millones de personas: una cifra sin ejemplo histórico.

 ¿Cuál es la solución? La última vez que visité el Minneapolis Grain Exchange, le pregunté a un puñado de corredores de trigo lo que sucedería si el gobierno de los EE.UU. prohibiera a los bancos de inversión las transacciones exclusivamente de compra de los productos alimenticios. Su reacción: la risa. Una llamada telefónica a un tercero de buena fe como Cargill y Archer Daniels Midland y un intercambio secreto de activos, y la participación de un banco en el mercado de futuros, resulta indistinguible de la de un comprador internacional del trigo. Les pregunté: ¿qué pasaría si el gobierno prohíbe todos los productos derivados sólo en largo? Una vez más, la risa. Problema resuelto con otra llamada telefónica, esta vez a una oficina comercial en Londres o Hong Kong: los nuevos mercados de derivados de alimentos han alcanzado proporciones supranacionales, y están más allá del alcance de la ley.

La volatilidad en los mercados de alimentos también ha destrozado lo que podría haber sido una gran oportunidad para la cooperación mundial. A mayor costo del maíz, la soya, el arroz o el trigo, mayor debería ser el empeño puesto por las naciones del mundo en cooperar entre ellas, a fin de asegurarse de que los países importadores de granos no provoquen contagios cada vez más dramáticos de inflación y agitación política. En cambio, los países han respondido con políticas de “yo primero”, desde prohibiciones a las exportaciones al acaparamiento y apropiaciones neo-mercantilista de tierras en África. Y los esfuerzos de los activistas comprometidos y de los organismos internacionales para frenar la especulación del grano no han logrado nada. Lo cierto es que los fondos de índices siguen prosperando, y los banqueros se embolsan las ganancias mientras los pobres del mundo se tambalean al borde de la inanición.

Frederick Kaufman es un especialista norteamericano en temas alimentarios. Su último libro:  A Short History of the American Stomach (Breve historia del estógamo norteamericano).

Fuente: 

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