BLOG VECINAL ORIENTADO A LA DEFENSA DE LA CALIDAD DE VIDA DE QUIENES VIVIMOS EN EL NOA Y EN PARTICULAR EN LA HERMOSA CIUDAD DE SALTA "LA LINDA".
Contra los monocultivos y minería contaminantes y a favor de la Soberanía Alimentaria y de un Proyecto Nacional Sustentable

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23 de junio de 2013

“Semillas criollas son la base de la soberanía alimentaria”


Francisca Rodríguez, líder indígena chilena de La Vía Campesina. Crédito: Julio Godoy/IPS
Francisca Rodríguez, líder indígena chilena de La Vía Campesina. Crédito: Julio Godoy/IPS
ROMA, 20 jun 2013 (IPS) -
 La red mundial La Vía Campesina acaba de declarar la soberanía alimentaria como un “derecho fundamental de todos los pueblos, naciones y estados a controlar sus alimentos y sus sistemas alimentarios, y a decidir sus políticas asegurando a cada uno alimentos de calidad, adecuados, accesibles, nutritivos y culturalmente apropiados”.
La decisión fue adoptada en la VI conferencia celebrada en Yakarta entre el 9 y el 13 de este mes por esta red de 150 organizaciones campesinas, de pequeños agricultores, mujeres rurales, pueblos indígenas y trabajadores agrícolas, que representan a unos 200 millones de personas en 70 países.
Esta soberanía depende de la recuperación y preservación de las semillas nativas, pues son la garantía de la riqueza alimentaria y la biodiversidad agrícola, dijo en una entrevista con TerraViva Francisca “Pancha” Rodríguez, líder de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas de Chile.
Rodríguez está presente en la 38a sesión bienal de conferencia de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que se celebra en Roma esta semana.
La Vía Campesina y otras organizaciones de la sociedad civil han puesto la reivindicación de la soberanía alimentaria en el centro de su diálogo con instituciones internacionales como la FAO.
En Yakarta, La Vía Campesina decidió priorizar la promoción de la agroecología, entendida como “la producción de alimentos basada en la agricultura campesina”, el rechazo a la violencia y la discriminación contra las mujeres, y la defensa de la tierra y los territorios mediante “una reforma agraria integral (…), única manera de asegurar un futuro para los jóvenes del campo”.
IPS: ¿Por qué la defensa de las semillas nativas está en el centro de la reivindicación de la soberanía alimentaria?
FRANCISCA RODRÍGUEZ: Las semillas criollas constituyen el pilar fundamental de la soberanía alimentaria, junto a la lucha contra la agricultura transgénica del oligopolio agroindustrial multinacional. La defensa de la soberanía alimentaria parte donde parte la cadena alimentaria, y esta comienza con las semillas.
El despojo de las semillas, perpetrado por las multinacionales contra los campesinos, hace que el acceso a la tierra no nos sirva de nada, si vamos a ser dependientes de ese oligopolio que busca la hegemonía sobre las semillas.
IPS: ¿Cómo afecta la pérdida de semillas criollas a la biodiversidad agrícola?
FR: Las multinacionales de la agricultura química tienen que eliminar cientos de semillas para patentar una sola. Esta eliminación de tantas variedades es un atentado a los campesinos y a la humanidad, pues al destruir tales variedades, se reduce la biodiversidad, nos quitan riqueza alimentaria y cultural mundial. Además, las multinacionales buscan vincular sus semillas a toda la cadena de producción agrícola, para dominarla con sus insumos.
Las semillas tienen muchos significados que unen a la humanidad. En ellas hay ciencia, espiritualidad, sabiduría… Todo esto lo perdemos cuando perdemos las semillas, incluso el derecho de seguir siendo campesinos.
"Las multinacionales buscan vincular sus semillas a toda la cadena de producción agrícola, para dominarla con sus insumos".
IPS: En América Latina, la defensa de variedades criollas de maíz contra las modificadas genéticamente también moviliza a los campesinos.
FR: Sí, lo ves en México, en Centroamérica, en Brasil. La defensa de las semillas del maíz natural en México no es una lucha solo de los campesinos, sino de todo el pueblo. De la misma manera, el rescate de las múltiples plantas de maíz criollo en Brasil constituye una garantía de variedad y riqueza alimentaria, y de resistencia a las enfermedades que afectan a las plantas.
IPS: Otro desafío en América Latina es la presunta extranjerización y el acaparamiento de tierras. ¿Qué acciones propone La Vía Campesina?
FR: La única garantía es la acumulación de fuerzas para la movilización y la resistencia contra el acaparamiento de tierras. Las sociedades deben entender que el derecho a la tierra y la agricultura son de todos, de cada país y cada pueblo, y no solo de los campesinos, y que, por ello, en la lucha por ese derecho debemos estar todos.
El acaparamiento obedece a los intereses principales del capital transnacional, pues la tierra a través de la agricultura les proporciona enormes ganancias, y también les da acceso a otros recursos, como el agua y los minerales. Por eso, los límites legales que se están introduciendo a la extranjerización no son suficientes.
Tenemos que eliminar los monocultivos, proteger el agua y devolver la tierra a su función social: la de producir alimentos para el pueblo. Debemos defender la Madre Tierra, que nos da vida y nos pertenece a todos”.

20 de mayo de 2012

El camino de la soberanía alimentaria

Por Carmelo Ruiz Marrero


“La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esto pone a aquellos que producen, distribuyen y consumen alimentos en el corazón de los sistemas y políticas alimentarias por encima de las exigencias de los mercados y de las empresas. Defiende los intereses de, e incluye a, las futuras generaciones. Nos ofrece una estrategia para resistir y desmantelar el comercio libre y corporativo y el régimen alimentario actual, y para encauzar los sistemas alimentarios, agrícolas, pastoriles y de pesca para que pasen a estar gestionados por los productores y productoras locales”. (Tomado de la Declaración de Nyéléni, 2007).

El concepto de soberanía alimentaria surgió en la década de los 90 del seno de la Vía Campesina, un movimiento internacional de campesinos y campesinas, pequeños y medianos productores, mujeres rurales, indígenas, gente sin tierra, jóvenes rurales y trabajadores agrícolas. Fundado en 1993, lo componen organizaciones de 56 países de Asia, África, Europa y el hemisferio americano.

Era una década en que las izquierdas estaban en repliegue; el capitalismo celebraba con aires de triunfalismo los albores de la posguerra fría; el neoliberalismo campeaba por su respeto, imponiéndose como discurso único; y parecía que todos los gobiernos del mundo estaban empeñados en hacer trizas el pacto social y reorganizar sus economías mediante privatizaciones a mansalva, tratados de libre comercio como el Nafta y la creación de la Organización Mundial del Comercio.

Las agriculturas nacionales y economías rurales estaban siendo devastadas no sólo por políticas de libre comercio que favorecían el agronegocio transnacional, y por nefastos planes de ajuste estructural impuestos por las llamadas instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial, FMI, etc.), sino que también se asomaba la amenaza de megaempresas agroquímicas ahora transformadas en gigantes corporativos de las llamadas “ciencias de la vida”, bonito nombre para el negocio de la biotecnología agrícola.

La introducción de cultivos transgénicos –también llamados genéticamente alterados o genéticamente modificados o por su acrónimo en español y francés, OGM– sin ninguna evaluación de impacto ambiental o debate público traía consigo preocupaciones sobre sus posibles impactos sobre la salud humana y sobre la privatización de la vida mediante patentes sobre semillas. Con la espectacular concentración del negocio de la semilla en las manos de un pequeño puñado de transnacionales de biotecnología, surgía el espectro del control corporativo sobre la semilla –y por lo tanto sobre toda la agricultura y alimentación humana– y la criminalización de la práctica agrícola milenaria de intercambiar y compartir semilla entre agricultores.

En esos años la pequeña agricultura familiar había sido sentenciada al silencio y al olvido por los gobiernos y los foros internacionales. Hasta amplios sectores intelectuales, progresistas y ambientalistas parecían haber decretado, mediante su silencio, que esa agricultura era algo del pasado, indigna de ser mencionada en sus muy serios debates y meditaciones sobre los grandes problemas que enfrentaba el mundo. Pero los hombres y mujeres que forjaron el concepto de soberanía alimentaria no aceptaron la sentencia y se dispusieron a demostrar, mediante su práctica agrícola consecuente y activismo político a nivel local e internacional, que la pequeña producción agrícola familiar, arraigada en fuentes de sabiduría antigua, respetuosa del ambiente y orientada a las necesidades y mercados locales, no solamente es viable, sino indispensable para afrontar la crisis ambiental global y construir un frente efectivo en contra del neoliberalismo, la desregulación de los mercados y el control de las transnacionales.

La propuesta de soberanía alimentaria no surge de una pequeña cofradía de intelectuales que conversaron en una torre de marfil ni se formuló “a lo loco” en el calor de un momento de apasionamiento. Fue resultado de uno de los procesos de pensamiento colectivo más democráticos, inclusivos y sosegados en historia reciente. Ejemplo de esto fue la actividad que llevó a cabo la Vía Campesina en una aldea africana en 2007.

En febrero de ese año, más de 500 representantes de más de 80 países de organizaciones de campesinos y agricultores familiares, pescadores artesanales, pueblos indígenas, gente sin tierras, trabajadores rurales, emigrantes, pastores, comunidades forestales, mujeres, juventud, consumidores y movimientos ambientalistas y urbanos se reunieron en la aldea de Sélingué, Mali, para participar en el Foro Mundial por la Soberanía Alimentaria. Tras varios días de foros, diálogos y deliberaciones, redactaron la Declaración de Nyéléni.

Dice la declaración:
“La soberanía alimentaria da prioridad a las economías locales y a los mercados locales y nacionales, y otorga el poder a los campesinos y a la agricultura familiar, la pesca artesanal y el pastoreo tradicional, y coloca la producción alimentaria, la distribución y el consumo sobre la base de la sostenibilidad medioambiental, social y económica. La soberanía alimentaria promueve el comercio transparente, que garantiza ingresos dignos para todos los pueblos y los derechos de los consumidores para controlar su propia alimentación y nutrición. Garantiza que los derechos de acceso y a la gestión de nuestra tierra, de nuestros territorios, nuestras aguas, nuestras semillas, nuestro ganado y la biodiversidad, estén en manos de aquellos que producimos los alimentos. La soberanía alimentaria supone nuevas relaciones sociales libres de opresión y desigualdades entre los hombres y mujeres, pueblos, grupos raciales, clases sociales y generaciones.”

Es gracias al activismo y presión de las organizaciones afiliadas a Vía Campesina que la soberanía alimentaria se debate en los niveles más altos de los gobiernos de Ecuador, Bolivia, Venezuela y Nepal –y también desempeñaron un papel decisivo en la exitosa lucha en contra del establecimiento del Área de Libre Comercio de las Américas. Ha estado, además, a la vanguardia mundial de la oposición a la introducción de transgénicos, en especial las semillas suicidas, conocidas como Terminator, y ayudó a desbancar y deslegitimar el programa de reforma agraria de libre mercado que proponía el Banco Mundial. Y ante desafíos globales como la crisis alimentaria y el cambio climático, la Vía Campesina ha proporcionado análisis acertados y propuestas innovadoras.

La soberanía alimentaria no es sueño ni propuesta utópica. Es real y se está poniendo en práctica ya.

Fuente: http://www.alainet.org/active/54896

18 de abril de 2012

La soberanía alimentaria: Entre la ecología de saberes y los organismos internacionales



En los últimos tiempos ha cobrado relevancia la utilización de la bandera de la Soberanía Alimentaria en diferentes contextos de las luchas contra el Paradigma Civilizatorio dominante. Se trata de una matriz de sabidurías profundamente imbricadas en el imaginario y experiencia acumulada de muchos pueblos del mundo, que han venido desde siempre dando forma a las culturas del arraigo y del respeto por la Naturaleza y que ahora amenaza con ser definitivamente desvirtuada.

18 de abril| GRR: Grupo de Reflexión Rural |

A su vez, la acelerada expansión de la Globalización sobre los ecosistemas planetarios y el dominio cada vez más acentuado de las Corporaciones Trasnacionales sobre los Organismos Internacionales y los Estados Nacionales, determina la construcción de complejas sistematizaciones conceptuales, que van incorporando a los relatos de la Modernidad, es decir, sumando como propiedad intelectual del Sistema, algunas de las más sentidas creaciones culturales de los pueblos y de sus resistencias.

Esta construcción de simulacros avanza también sobre la Soberanía Alimentaria, un imaginario colectivo, un horizonte simbólico de confluencias ecológicas y sociales, pero también una bandera política que encarna las nuevas expresiones antiglobales y autonómicas de gran parte de la Humanidad, a la que se intenta anexar al canon del Pensamiento Único y de la llamada Sociedad del Conocimiento.

Como resultado de ello se incorporan al discurso oficial de quienes se presentan como los amos de la Tierra, las experiencias de muchísimos Pueblos, hechos Cosmovisión en la Soberanía Alimentaria, pero esta vez apenas como una marca registrada comercial desprovista de su núcleo político y filosófico, que se agrega al ya agobiante diccionario de las categorías que intentan justificar las nuevas formas de la dominación y los subsiguientes negocios de “mitigación”. La Soberanía Alimentaria viene acompañada ahora, de este modo, por genéricas reclamaciones sobre “Derecho” a la Alimentación que, como tantos otros derechos promulgados en las últimas décadas, implican presuntas cesiones del poder de algunos, una forma de convertirlos en leyes sin contenido propio, o pasar a ser declaraciones de Principio que han olvidado el Fundamento. Es decir: nos abruman de formalismos declaratorios, en el mismo momento y espacio en el que se está consumando la catástrofe.

Peor aún: no son pocas las veces que incorporan la crítica de supuestos "adversarios" y "críticos" en su propia escenografía. Que la FAO (organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación) incorpore a su discurso la Soberanía Alimentaria, como una variante de la proclamada Seguridad Alimentaria, nos parece poco menos que una burla, un intento institucionalizado de contener y re-direccionar el clamor de los oprimidos, una concesión menor a los indignados de la ruralidad, las economías regionales autónomas y a los que trabajan la Tierra con sus propias manos. Si con la Seguridad nos tranquilizaban diciendo que habrá comida para todos, falacia que desmienten los más de mil millones de hambrientos actuales del Planeta y muchos más, limitados a elegir entre marcas de comida chatarra; con la Soberanía nos están diciendo que podríamos decidir con qué y cómo nos alimentamos, tratando de ocultar el dominio de las Transnacionales sobre las producciones agrícolas, las mejores tierras de cultivo, las semillas y el agua, la ganadería y la pesca, sin olvidar el absurdo costo ambiental de su transporte a enormes distancias y el estratégico control sobre los precios.

Estamos asistiendo una vez más, a un gigantesco simulacro, simulacro que en nuestra región, sólo puede realizarse con la complicidad de los gobiernos progresistas y de las organizaciones campesinas funcionales al Modelo. Pretender que hemos forzado las puertas de la rigidez conceptual de la FAO, nos parece lamentable. La reproducción infinita del Capitalismo Global necesita, no sólo las condiciones materiales, sino también, la apropiación consecuente de los imaginarios de las propias resistencias, para acomodarlos ordenadamente en su matriz epistemológica.

La Soberanía Alimentaria no puede tomarse como un concepto aislado, integra por lo contrario, un conjunto de experiencias culturales y políticas ligada a la historia profunda de los pueblos y a la memoria milenaria de las sociedades que han vivido siempre en comunidad con la Naturaleza. Es la expresión de un Paradigma enfrentado al Paradigma de la Modernidad y del Crecimiento por acumulación. Es un horizonte de símbolos, creencias, costumbres y modos de estar en el mundo, que acompañan a las comunidades humanas desde el mismo momento de su constitución. El Alimento está profundamente imbricado con las condiciones de existencia de las culturas mismas y por lo tanto, es inseparable de los ecosistemas que se habitan. La maravillosa diversidad de pueblos y comunidades que aún resisten, da razón de las tantas maneras de “estar en el mundo” y de la identidad y autonomía de los agricultores, pastores y pescadores. Pero así también, los Estados Nacionales, en su necesaria complejidad, deben reconocer un modo propio de existencia ligado a las condiciones de producción de sus alimentos, así como deberían respetar los patrimonios alimentarios de sus Pueblos.

Con la consolidación de las sociedades industriales, asociadas al urbanismo y a las lógicas de mercantilización y de consumo, se produce un cambio abrupto en los modos de Alimentación, que afecta de manera irreversible las relaciones de los pueblos con los ecosistemas, ello expresado en lo que denominamos Agroindustria o Agronegocios. De hecho, la actual expansión del Capitalismo Financiero sobre la producción de Alimentos es la mayor amenaza a la Soberanía Alimentaria y representa el último eslabón en la reproducción sistémica sobre la vida y los bienes naturales. Por lo tanto, estamos enfrentando el socavamiento de la Soberanía Política de los Pueblos y Naciones y de las autonomías territoriales, y en este sentido no se puede separar la Soberanía Alimentaria de aquellas otras, políticas, económicas, culturales, sociales, sino que son una y la misma Soberanía.

Por ello afirmamos que en la Soberanía Alimentaria se expresa el conjunto de las resistencias ecológicas y sociales, frente a la expansión de los cultivos industriales, las semillas transgénicas, los agrocombustibles y la apropiación de tierras, que junto al uso intensivo de agentes químicos, caracteriza el modelo predominante de producción de alimentos. No debe sorprendernos que, en el actual contexto mundial, y próximos al lanzamiento de la “Economía Verde” en la Conferencia Río + 20, pero también en la adopción lisa y llana de los lineamientos del IIRSA (Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Suramericana. ) a cargo de UNASUR y la Cepal ( Comisión Económica para América Latina, organismo de la ONU) en connivencia con los gobiernos neodesarrollistas y neoextractivistas para los proyectos de desarrollo regional, se intensifiquen estas maniobras distractivas de conceder algo en el discurso para obtener la totalidad en los hechos, es decir, para mantener la hegemonía del poder transnacionalizado.

Es el caso de la Argentina, sometida a su condición de productor de materias primas, laboratorio de las manipulaciones genéticas y exportador de forrajes y biocombustibles; donde los mismos que lanzaron un Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial para los próximos años, que no es más que la expansión del modelo extractivo sobre millones de hectáreas de selvas y de montes, avalan esta peculiar generosidad de la FAO. La FAO, el mismo organismo que desde hace años fomenta la expansión de los monocultivos transgénicos y el acaparamiento de tierras, en una operatoria triangular y concertada con los Gobiernos y con ese “tercer sector” que son las grandes organizaciones campesinas para-estatales y las ONG del internacionalismo verde. Todo ello, más que un "menage a trois" resulta un terrible menaje atroz, o sea un atroz asunto de familia…

No podemos hablar de Soberanía Alimentaria en un país sometido a las Corporaciones, donde el Gobierno Nacional depende fundamentalmente de los excedentes de la renta sojera, donde los Agronegocios son la contracara del asistencialismo, donde la precariedad de las instituciones depende de los vaivenes de la bolsa de Chicago o de Shanghai.

La Soberanía Alimentaria no tiene lugar en el actual Modelo Productivo. Ella es o debería ser parte fundante de un Proyecto Nacional que considere volver a producir alimentos para nuestro Pueblo en la variedad y calidad que hemos extraviado. Es decir, recuperar los antiguos saberes rurales de la Argentina perdidos en décadas de neoliberalismo y neodesarrollismo. Volver a la Tierra desarmando lentamente los mecanismos impuestos por los Agronegocios y, sin ninguna duda, recuperar la infraestructura energética y de transportes, revirtiendo esa terrible urbanización y hacinamiento a que se ha sometido a nuestras poblaciones.

Para nosotros la Soberanía Alimentaria sólo será realidad efectiva en un auténtico Proyecto de Liberación Nacional que retome los caminos de una Argentina, Libre, Justa y Soberana.

13 de diciembre de 2011

¿Qué estás comiendo? Etiquetar alimentos transgénicos ya

SOBERANÍA ALIMENTARIA

¿Qué estás comiendo?
Por Manuel Costa.

Argentina y Uruguay figuran entre los pocos países latinoamericanos en los que no es obligatorio que se advierta en las etiquetas de los alimentos si estos son de origen transgénico. En otras palabras, “el derecho a elegir lo que comemos no se está ejerciendo en nuestros países”, sostiene Laura Rosano, chef y miembro de Slow Food Canario –rama uruguaya de la asociación ecogastronómica global homónima–, en una entrevista concedida a Redacción Rosario tras haber realizado el primer seminario en Uruguay sobre la importancia de saber lo que uno se lleva a la boca.

Para los expertos en alimentación que expusieron en el seminario impera la necesidad de que, como sucede en Brasil, Cuba o Perú, comiencen a identificarse aquellos alimentos que proceden de materias primas manipuladas genéticamente, ya que la ausencia de esa referencia, no sólo impide ejercer el derecho a elegir los alimentos, sino que implica la imposibilidad de hacer un seguimiento serio sobre los efectos que los mismos pueden tener en la salud humana.

La multiplicación de dolencias relacionadas con la alimentación en una proporción coincidente con la proliferación de materias primas modificadas genéticamente supone como mínimo un alerta. “El problema –señala Rosano– es que al no tener un seguimiento a través del etiquetado no se puede relacionar directamente a ese alimento de origen transgénico con la enfermedad. Lo que sí hay son estudios en ratas alimentadas a base de transgénicos que muestran serios problemas en la fertilidad, deformidades, problemas en riñones, hígado e intestinos, y alteraciones en el sistema nervioso”.

“En humanos –prosigue– hay estadísticas que indican un aumento notable de casos de alergias asociadas a la alimentación en los últimos diez o 15 años, tiempo en que también la industria alimenticia se ha desarrollado muchísimo a base de este tipo de materia prima. Está todo muy enlazado. Pero si no tenés un etiquetado que te diga lo que estás comiendo, no lo podés relacionar”, aclara, e insiste: “Lo básico es contar con información para poder elegir”.

Marcas de alimentos infantiles con transgénicos


Veneno incorporado

Rosano explicó que la penetración de los alimentos transgénicos abarca prácticamente todos los derivados del maíz y de la soja. “En Argentina y Uruguay no se comercializa la soja tradicional –sostiene–, sino la transgénica, y está presente en gran cantidad de productos. Con el maíz sucede otro tanto. Toda esta industria sojera y de maíz está muy atada a la comida industrializada. La glucosa de maíz que utilizan todos los refrescos que se consumen, las lecitinas que tienen las galletitas, cualquier etiqueta que ves que tiene lecitina, jarabe de maíz, glucosa, contiene elementos que salen de este tipo de cultivos”.

“En el caso del maíz, el insecticida que se aplicaba por fuera de la planta ahora lo lleva incorporado. Es una toxina (BT) que se encuentra en cada célula del maíz, y esto lo estamos comiendo sin que se sepan los efectos que puedan tener a largo plazo, porque no se han hecho estudios”, explica la gastrónoma.

“La desinformación es total”, agrega, “hay quienes comen polenta creyendo que es más sano, o un jugo en caja, o quienes consumen milanesas de soja como una opción más natural y ecológica, pero que en realidad desconocen su origen. La soja que se comercializa en Uruguay y Argentina es la que se exporta a Europa y China para consumo de animales, no para consumo humano”, subraya.

Y esto no se detiene ahí: La idiosincrasia agropecuaria uruguaya es prácticamente gemela a la argentina y aunque en el caso oriental hubo un pronunciamiento de una delegación oficial en contra del avance en la implementación de nuevos eventos transgénicos, al igual que en Argentina, el embate de las semillas transgénicas parece irrefrenable. “En Uruguay ya están aprobados nuevos eventos de maíz y soja transgénica. No se hizo un estudio de impacto en la salud; se usaron los datos de las empresas dueñas de las semilla y como Brasil lo aprobó, Uruguay también, y en contra de las objeciones de la Dirección Nacional de Medioambiente”, narra la referente de Slowfood.

“Ellos tomaron a Brasil como ejemplo de aprobación de los eventos –continúa Rosano–, pese a que en Brasil la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria los prohibió, pero como la comisión que decide la liberación de estos eventos tenía mayoría de votos, se terminó aprobando. En Argentina se rigieron por lo actuado en Estados Unidos, donde se aplica el término «equivalente», eufemismo que equipara a los productos transgénicos con los naturales y mediante el cual se evita someterlos a estudio”.

“En otras palabras –añade–, aprobaron los eventos sin estudiar los efectos que puedan ocasionar a la salud humana, y pese a que investigaciones independientes arrojaron resultados alarmantes”.

El Peligro de los Transgénicos

Perdida de la Soberanía Alimentaria

Otro de los aspectos abordados por los expertos durante el seminario fue el del estrago incalculable en la agricultura tradicional autóctona que supone el avance de los cultivos transgénicos, lo cual deviene indefectiblemente en la “pérdida de la soberanía alimentaria –tal cual lo definen–, ya que a la larga todos terminan dependiendo de las semillas que producen las empresas multinacionales”.

En ese sentido, Rosano explica que “si los cultivos transgénicos se encuentran cerca de un cultivo tradicional u orgánico, los contamina”. “De esta manera –señala– se pierde la diversidad genética, en detrimento de la semilla criolla e instaurando la dependencia a la semilla de Monsanto (y otros), porque las semillas que almacenaste ya están contaminadas con las transgénicas”.

La experta en alimentación cita como ejemplo que en su país “el maíz transgénico que se comercializa contiene una toxina contra una plaga que ni siquiera existe en Uruguay, y ese maíz ha contaminado al tradicional, del que ahora sólo queda el 2 por ciento”. “Esto fue corroborado por estudios sobre las veinte variedades de polenta que se venden aquí, todas contaminadas con maíz transgénico”, agrega.

Rosano se refirió también al problema de las supermalezas, así llamadas por ser resistentes al herbicida que supuestamente mata todas las malezas. “Su proliferación –explica– ha provocado que los fabricantes del glifosato recomienden a los productores aplicar dosis 20 veces mayores a las usuales. Estos tóxicos son residuales y de toxicidad grado 1. Queda en los alimentos que luego la gente come”, advierte. “De ahí la importancia de que estos alimentos estén identificados, que la opción de consumirlos sea, en última instancia, nuestra decisión”, concluye.

Trasgénicos vs Orgánicos

Un alimento es considerado transgénico si alguno de sus ingredientes es derivado o está constituido en base a una materia prima –sea de origen vegetal o animal– que ha sido manipulada genéticamente, aunque la calidad animal o vegetal de una materia prima, es algo sobre lo que pronto tampoco habrá mayor certeza.

Las compañías de biotecnología defienden la supuesta inocuidad de los transgénicos alegando falsamente que sus manipulaciones son equiparables a los cambios genéticos que tienen lugar en la naturaleza.

El problema es que, en primer lugar, difícilmente en la naturaleza se pueda dar un cruce de especie como las que hoy en día se realizan en laboratorio, a saber: entre un pez y un tomate, entre un cerdo y plantas; y, en segundo lugar, mucho menos que esos cruces se den de la noche a la mañana y no en millones de años de evolución.

 Artículos sobre transgénicos
La peligrosidad que supone la manipulación genética de los alimentos ha sido advertida en innumerables ocasiones desde distintas entidades científicas. Se sabe que dada la enorme complejidad del código genético, incluso en organismos muy simples como las bacterias, no es posible predecir los efectos de introducir nuevos genes en cualquier organismo o planta, ni el alcance de los efectos nocivos para la salud sobre cualquier persona que lo ingiera.

Un producto orgánico es, por el contrario, el que no ha sido tratado con agroquímicos ni ha estado en contacto con semillas transgénicas ni proviene de estas últimas, y cuando su producción se realiza cuidando el medio ambiente, preservando sus recursos naturales y manteniendo o aumentando la biodiversidad y la fertilidad del suelo.

Slow food, ¿y eso con qué se come?

Slow Food es una asociación ecogastronómica sin ánimo de lucro financiada por sus miembros. Se fundó en 1989 para contrarrestar la fast food y la fast life, impedir la desaparición de las tradiciones gastronómicas locales y combatir la falta de interés general por la nutrición, por los orígenes, los sabores y las consecuencias de nuestras elecciones alimentarias.

Hoy, con más de 100.000 miembros en todo el mundo, fomentan una nueva lógica de producción alimentaria, desarrollan programas de educación en la materia y actúan a favor de la biodiversidad.

21 de septiembre de 2011

No es lo mismo seguridad alimentaria que soberanía alimentaria".



“La condena a la argentina es terrible, vienen por su recursos naturales”

norma giarracaEn afirmaciones impecables, la socióloga y economista especialista en sociología rural, Norma Giarraca, explicó en La Tijereta los alcances de las estrategias agroalimentarias a propósito del plan recientemente presentado por la presidente Cristina Fernández de Kirchner. Si bien admitió que las medidas contra los factores de poder no son sencillas, sostuvo que no ve voluntad política en la dirigencia nacional. Cuestionó en su crítica el desarrollismo, que no hay planificado un acceso a la alimentación para las poblaciones marginadas. "Es peor que la política de los '90. Porque los organismos o fábricas (privatizadas) se pueden recobrar, pero la tierra no se recupera", y sentenció que parece una neurosis del destino señalar que la tierra es recurso no renovable. Para Giarraca no es lo mismo hablar de "seguridad alimentaria que de soberanía alimentaria".

Entrevista a Norma Giarraca:




Norma Giarracca: “El campo votó a Cristina porque le va muy bien”








Año 4. Edición número 171. Domingo 28 de agosto de 2011
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com

La socióloga Norma Giarracca analiza las razones del apoyo del campo al Gobierno Nacional en las elecciones primarias y provinciales. Además, el rol de la Mesa de Enlace y el modelo sojero en la visión de la especialista.

Es absurdo asombrarse como hizo la sociedad, o al menos una buena parte de ella, por el masivo apoyo que expresó el campo hacia la Presidenta. Y digo que es absurdo porque, al fin y al cabo, sería lo mismo que interrogarse sobre las razones por las cuales los científicos votan a la Presidenta. La política agraria, como la científica, es una política de Estado que ha favorecido al sector desde el 2003”, dice Norma Giarracca, profesora de sociología rural en las Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Instituto Gino Germani. Entrevstada en el programa Hoy más que nunca, que se emite por Radio Nacional, Giarracca admitió, sin embargo, que el enfrentamiento ocurrido durante 2008 y 2009 entre el sector agropecuario y el Gobierno Nacional resulta, todavía hoy, una coyuntura difícil de entender. “Sin duda, la situación le restó al Gobierno apoyo en las zonas rurales en las legislativas de 2009. No obstante, incluso en pleno conflicto, los productores reconocían que meses atrás habían votado por Cristina. ¿Por qué volvieron a votar al Gobierno en las elecciones de este año? Porque, realmente, tienen una serie de ventajas y les va muy bien”, aseguró la especialista. Entre las ventajas destacó la suba de los precios internacionales y la gestión del ministro de Agricultura, Julián Domínguez. “Supo ordenar la relación con el sector”, subrayó Giarracca.

–¿Y el rol de la Mesa de Enlace durante el conflicto?

–Un papel absurdo. Los dirigentes corporativos como Volando, Alchourrón o Bonetto, dejando de lado la etapa anterior al golpe del ’76 y la dictadura, hacían paros y tractorazos. Sin embargo, siempre dialogaban con el funcionario de turno sobre los problemas del sector. Esta vez, los señores de la Mesa de Enlace se convirtieron en algo así como sujetos políticos, aunque no lo son, y se vincularon con partidos políticos, con la Iglesia, el periodismo… Se los veía todos los días en la televisión y tomaron una dimensión que, como dirigentes, no tienen. Biolcati debió pensar que podía seguir dirigiendo la conducta de los productores. Le puedo asegurar, porque los conozco muy bien, que los productores tienen un sentido práctico del trabajo y de la vida. Les va bien y apoyaron al Gobierno que ellos consideran que los beneficia. Esa es la verdad.

–Si uno atraviesa cada familia por su historia, seguramente encontrará identidades partidarias. Pero esas identidades se diluyen a nivel sectorial. ¿Ocurre lo mismo en otros ámbitos sociales?

–Seguro. La cuestión de los partidos políticos, como entidad política fuerte de las personas o las familias, ha perdido peso. Hay nuevos reagrupamientos. Es cierto que había zonas de la pampa gringa donde el radicalismo tenía un fuerte arraigo, pero hace tiempo que no es así. Hay zonas de Tucumán, por ejemplo, que eran muy peronistas y, sin embargo, en determinados momentos no votaron al peronismo. La gente se está reagrupando políticamente. No digo que el factor económico sea el único, pero para el productor agrario es determinante. Lo que no vieron Biolcati y Buzzi es que al sector agrario le va muy bien. Alcanza con comparar la situación actual con la década del noventa. Digo esto sin estar totalmente de acuerdo con el modelo que se fomenta.

–¿Qué modelo es éste, en el cual predomina la soja y la expansión de la frontera agropecuaria detrás de la cual viene el desmonte? Algunos hablan de oligarquía…

–Lo que algunos llaman oligarquía, lo que tradicionalmente se agrupa en la Sociedad Rural Argentina, no creo que haya votado a Cristina. Ése sí es un voto ideológico. No creo que los amigos de Biolcati, que son pocos, porque la Sociedad Rural Argentina tiene unos dos mil socios, la hayan votado. Los que sí votaron a Cristina son los llamados nuevos sujetos; es decir: los grandes terratenientes concentrados que, generalmente, trabajan en pooles de siembra. Creo, aunque no podría asegurarlo, que esta gente tiene un comportamiento de capitalista avanzado. Vota por sus intereses. No dudan en darse vuelta si sus intereses están mínimanente amenazados. Son los que durante el conflicto estuvieron callados. Lo que a todos nos asombró fue la posición de la Federación Agraria. En lo personal quedé tan asombrada que pusimos gente becada a estudiar los cambios dentro de las bases de Federación Agraria para entender el fenómeno….

–Volvamos al tema del modelo…

–Tengo críticas. Espero que después del fuerte apoyo político que recibió, el Gobierno se meta en esta cuestión. Pero no de la manera en que lo hizo en 2008. Entiendo que hay que ir limitando el modelo, saliendo del modelo… Se necesita una ingeniería política muy habilidosa para las producciones que no están atadas al modelo sojero. Es la única forma de parar la expansión indiscriminada de la frontera y terminar sus efectos negativos. Le dejo un dato: Monsanto está por sacar al mercado una semilla que necesita menos de 400 milímetros de lluvia. Me parece que es ahí donde hay que dar con una política alternativa.
http://sur.elargentino.com/



Norma Giarracca: "Hay que salir del modelo extractivista"

En el Día de la Lucha Campesina, ComAmbiental comparte esta entrevista a la socióloga Norma Giarracca, una referente de los estudios rurales de la Argentina, y también de Méjico, que constituye la arista académica muy cerca de los que ponen el cuerpo.


ENTREVISTA DEL MES
Por Pamela Sioya


Las claves para el pensamiento actual: ecología política y feminismo
Foto: Miguel Teubal

Su aporte no afecta solamente al complejo agrario. Giarracca fue una de las primeras intelectuales en detectar la conexión entre el agronegocio de la soja transgénica y la megaminería contaminante: se trata de un modelo económico extractivista de recursos naturales. Con esta clave analizó qué pasará de cara a las elecciones de octubre. ¿Puede cambiar el rumbo del país? 

Cuatro décadas, varios paradigmas, mucho por hacer. De 1969 a 1976, trabajó en el Ministerio de Agricultura, en la Dirección de Economía y Sociología Rural desde donde estudió distintos complejos agrícolas por dentro, lo que permitió delinear políticas públicas agrarias trascendentales a partir de la experiencia de los dos primeros gobiernos de Juan D. Perón.

La Dictadura de 1976 la exilió a España, siguió estudiando en Inglaterra y luego se radicó en Méjico donde sus investigaciones de posgrado mostraron en detalle la realidad de aquel país sobre el complejo agroindustrial tabacalero, de las especias y del cacao, entre otros.

Su aporte fue también teórico porque rompió con el pensamiento binario “total dominación-total subordinación”, demostrando que todos los actores tienen capacidad de organización para negociar mejoras en el contrato agroindustrial –incluso el hasta entonces subestimado “pobre campesino”.

Con el regreso de la democracia a la Argentina, colaboró en el armado de las Ciencias Sociales del CONICET y creó la cátedra de Sociología Rural y el Grupo de Investigación de Estudios Rurales en CEPA y luego trasladó a la UBA –que este año cumplió su 25° aniversario.

En este periodo contemporáneo, la soja transgénica no es una forma de producción más sino que reconfiguró la forma de vida en el campo y en la ciudad, la alimentación, la administración de tierras, las luchas campesinas e indígenas, las políticas públicas y los mecanismos económicos.

Su último libro, coordinado con Miguel Teubal, se titula "Del paro agrario a las elecciones del 2009" (Editorial Antropofagia), donde demuestra que la discusión entre "El Campo" y "El Gobierno" no se centró en el modelo agrario vigente. Este fue uno de los disparadores de la charla, porque entre los actores en disputa, casi no se tuvo en cuenta el representado por el movimiento campesino, como Vía Campesina, que habla de soberanía alimentaria, en vez de agronegocios.

Reflexiones, por Norma Giarracca
“¿Cuándo pasamos a la minería, es decir, de la Tierra a los Recursos Naturales? Después del 2001 y 2002 para nosotros estaba claro que iba a haber un cambio en el modelo neoliberal tanto en la Argentina como en el resto de América Latina donde la etapa de la especulación financiera y del FMI estaba terminando y la nueva etapa que estaba comenzando iba a tener a los recursos naturales en el centro de la escena.

Con Miguel, fuimos los primeros en ver que todo estaba conectado y caracterizar a la producción sojera como una producción del agronegocio y caracterizar muy rigurosamente al agronegocio como una actividad extractiva, con la importancia de las rentas, poniendo –creo- nuestro granito de arena en el estudio de las problemáticas que están dándose en este momento.
Para mí una izquierda política que apoye la soja no es posible. Se llegó a este modelo con políticas públicas y cooptación de distintos gobiernos –con decirte que la aceptación de la semilla transgénica tiene toda la parte de fundamentación en inglés arrancada de formas de Monsanto, lo que indica una connivencia de la transnacional con la Secretaría de Agricultura encabezada entonces por Felipe Solá.

Salir de esto también necesita una ingeniería tecnológica, política, social para volver a una agricultura de alimentos, que no perjudique a los pequeños productores que entraron a la soja porque se les marcaba que esa era la única opción para no salir de la producción.

Es más fácil salir de la minería porque no han entrado tanto todavía, son proyectos, que salir de la agricultura donde tenés actores argentinos territorializados que están en producción que no hay que confundir con Monsanto.Hay que salir del modelo extractivista, no se puede salir de la minería y no salir del agronegocio; es una incoherencia total.

En toda América Latina, quienes pelearon esta cuestión como las Asambleas constituyentes de Bolivia y Ecuador están demostrando que este modelo extractivo no va con la democracia ni va con la distribución de los ingresos.El grave problema de la ciencia hoy es la colonización por parte del capital transnacional porque perdió el diálogo con el pensamiento social crítico de esta época. Hay innovación tecnológica pero en función del capital, no del vivir bien de la humanidad. Cuando sí hay diálogo es cuando los científicos cambian, a veces tan radicalmente que se convierten en ecólogos y tampoco sirve. Necesitamos físicos, biólogos, químicos, geólogos que lo sigan siendo pero en diálogo con el pensamiento social crítico. Un ejemplo es Andrés Carrasco.

Los partidos de izquierda de los años ’50 hoy son reaccionarios: desarrollo de la fuerza productiva, no relación con la naturaleza. La culpa no la tiene la gente que generó esos pensamientos porque los generó para el siglo XIX, no para el 2000. Esos colegas están muy atrasados. El pensamiento crítico hoy no puede desconocer dos epistemologías fundamentales para el cambio de los paradigmas:la ecología política y el feminismo. Boa Venturas Souza Santos habla de los pasajes paradigmáticos, estamos en pasajes de paradigmas epistemológicos y societarios."


¿Cómo ve el panorama electoral 2011?
"Tengo la impresión de que es un país que ha sufrido mucho los golpes económicos, con o sin golpes políticos. Es una población que cuando ve cierta condición de estabilidad económica y crecimiento –que no hay duda de que la hay- mantiene su adhesión. Además, creo que Cristina ha hecho cosas muy importantes en estos 8 años en la expansión de derechos humanos y sociales (matrimonio igualitario, salud reproductiva, sexualidad, asignación universal por hijo) que ha tocado a sectores medios y populares lo que hace que tenga apoyo.

¿Qué es lo que no nos gusta de Cristina? Es su modelo económico extractivo. Ella es una militante de ese modelo, ofreciendo en sus giras internacionales litio, oro, cobre, la tierra. Después se vienen los árabes al Chaco, los chinos a Río Negro. Creo que es una actitud totalmente equivocada o cómplice con la geopolítica internacional.

Este modelo extractivo tiene un anclaje con los sectores populares que es el excedente. Ellos dicen “con el excedente de la soja, el impuesto a la minería… vamos a redistribuir” y las poblaciones creen que si no tuviésemos este modelo no habría excedente para redistribuir, tanto acá como en Bolivia o Ecuador. Zavaleta, un gran pensador de Bolivia, hablaba del mito del excedente, en eso crean redes hegemónicas que contienen a los sectores populares. No veo ningún discurso opositor capaz de desactivar este discurso.

No sería salir del capitalismo. Hay países en el mundo que dicen No al saqueo de sus recursos naturales, lo hizo Costa Rica, Panamá. Ecuador está pensando qué hacer con el petróleo. Volver a la agricultura de alimentos sanos que van a valer cada vez más. El problema es el neoliberalismo.

¿Qué tiene la oposición? Pino Solanas dice tomemos todo el excedente, como Bolivia. ¿Pero entonces va a seguir con la minería? Para eso que lo haga Ella que quizá va a tener más poder que un gobierno que llegue todo con alianzas.

[Esto puede tomarse como un consejo o una advertencia en la línea de la crítica a Solanas cuando visitó ExpoAgro. Pero también como publicamos en ComAmbiental, en su momento respondió a un artículo de Mempo Giardinelli, diciendo: "Me molestó que cuando nombrara las opciones a CK, todos eran igual devastadores y no nombra a Pino, la excepción". También estuvo presente en la audiencia en la que se propuso la ley para prohibir la minería contaminante.].

Ella no lo va a hacer. Hay una gran tensión porque está Gioja que recibe el excedente por sus propios negocios pero está la gobernadora electa de Catamarca que habló de cómo tomar más excedente de la minería. En el próximo gobierno de Cristina –que todo indica que gana- puede haber una discusión en ese sentido. Cuando el gobierno abrió un poquitito la puerta con la Ley de Glaciares a través de Filmus –que tiene conexión con nosotros- salió una buena Ley de Glaciares; pero esa puerta raras veces se abre."

De todas formas. "Hay que llevar los adelantos en los derechos humanos a los derechos socio-ambientales.
Como dice Ernesto Laclau: “no hay séptimo día de descanso”. En la pelea por una sociedad más democrática, de bienes comunes, la del buen vivir, hay que trabajar, trabajar, trabajar."
Aclaración: El texto incorporado entre corchetes es un comentario editorial. Se agregó también un artículo publicado en Página/12 por Giarracca sobre ExpoAgro.

Ver también:
Sección de Agricultura de ComAmbiental.
Entrevistas del Mes:
Marzo: Javier Rodríguez Pardo: “Hay que pasar de la resistencia a la rebelión”
Febrero: Patricio Schwanek: "La ciudadanía no puede desentenderse"
Enero: Darío Aranda: "Van a seguir avanzando sobre nuestros territorios"



Entrevista a Norma Giarracca, socióloga rural: “La soja arrincona y violenta al campesino”

agosto 25, 2009 12:43 pm Redaf Comunidades Aborígenes, Conflicto Tierra,Entrevista, Monocultivos, Organizaciones Campesinas, Soja


El auge de los agronegocios motivó un movimiento de resistencia de las comunidades campesinas en defensa de su tierra. Un conflicto que involucra los modos de producción, los recursos naturales y los derechos de los pueblos.

Fuente: Diario Crítica
Norma Giarracca y Miguel Teubal, socióloga y economista, especialistas ambos en sociología rural, acaban de publicar las anotaciones, los borradores frescos de un gran trabajo de investigación sobre el campesinado en América Latina. “La tierra es nuestra, tuya y de aquel…”, se llama el libro, como la vieja canción de Daniel Viglietti, y recoge los relatos de hombres y mujeres en Guatemala, México, Brasil, Venezuela y también en la Argentina, donde se multiplican los movimientos que enfrentan y sufren las consecuencias del auge de los agronegocios. En una entrevista con Crítica de la Argentina, Giarracca define el conflicto entre el avance de la agroindustria y los campesinos.

–¿Qué características tienen los nuevos movimientos que ustedes llaman “antiagricultura industrial”?

–Las comunidades indígenas y campesinas, si bien presentan diferencias entre ellas, comparten un sentido parecido en relación con la tierra, los recursos naturales y el trabajo familiar, que las distinguen claramente de una explotación que sigue la lógica capitalista.

Durante mucho tiempo, los agentes modernizadores buscaron integrar estos territorios indígenas o campesinos a través de los famosos programas de desarrollo. El objetivo era romper con las lógicas propias de estas comunidades e integrarlas al mercado. A través del siglo XX la experiencia fue –digámoslo claramente– nefasta. Al gran capital agrario nunca le interesó la presencia de la pequeña agricultura capitalista porque representa un escollo a su expansión.

–¿El fracaso de los planes de desarrollo les dio fuerza, entonces, a estos movimientos?

–Esta memoria de fracasos acumulados en América Latina, Asia, África, más el carácter devastador del capitalismo neoliberal de los últimos 35 años, han conducido a los sectores campesinos de América Latina y del mundo a que se opongan al avance de estos modelos. Pero es necesario tener en cuenta otro elemento: lo que se hace con el suelo, el aire, el agua, los bosques, la salud humana, ha llevado a que una buena parte de la humanidad revalorizara a esas poblaciones que, desde hace siglos, producen alimentos sanos, sin agroquímicos, cuidando los recursos. Se debe tener en cuenta que el 80% de los recursos con que cuenta la humanidad para su futuro están localizados en zonas de campesinos e indígenas.

–¿Por qué cree que estas luchas se convierten en luchas políticas?

–Porque los avances del agronegocio amenazan a estas comunidades pero también amenazan los recursos naturales, que son bienes comunes, por eso las luchas campesinas e indígenas tienen ese sentido universalizador que las hace una lucha política.

–¿Cómo son los casos argentinos? ¿Tienen relación con la política partidaria?

–La Argentina, un país con fuerte vocación de modernización capitalista, con fuerte impronta de “modernidad periférica”, invisibilizó su pasado indígena culturalmente. Y a los campesinos se los trataba como “minifundistas”. Todo el empeño se centraba en ver cómo se los convertía en pequeños capitalistas modernos y eficientes. Lo que sucede en la Argentina desde fines de los ochenta es que estas poblaciones no se resignan a migrar a las grandes ciudades y dan la lucha por sus tierras. Por primera vez se identifican como “campesinos”. En estos últimos tiempos hemos visto aparecer organizaciones de campesinos por todo el país, buscando aprendizajes legales para mantener sus tierras amenazadas por el agronegocio, buscando modos de producir y comercializar que incorporen novedades. Y los resultados son variados y muy significativos. En el libro aparecen referentes de dos organizaciones, la pionera de Santiago del Estero y otra de Mendoza, pero hay muchas más, ahora federadas en distintos espacios. En general, los movimientos son autónomos de los partidos políticos.

–¿Cómo puede relacionárselos con el largo conflicto rural que se inició en marzo de 2008?

–La presencia campesina e indígena durante el conflicto fue muy interesante. Fíjense que no hubo presencia de sectores populares urbanos, quienes estuvieron callados y sin voz. Los campesinos e indígenas no sólo estuvieron atentos sino que sacaron varias declaraciones públicas que salieron en periódicos nacionales. Por supuesto formularon duras críticas al modelo sojero y a sus actores, que en Chaco, Santiago del Estero, son quienes los arrinconan, violentan, etc. Muchas organizaciones que estaban en Federación Agraria Argentina se fueron y formaron una organización cobijada por el Gobierno. Pero surgieron otros, que no están ni con el modelo ni con el Gobierno.




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